OPINIóN
Actualizado 07/05/2015
Enrique de Santiago

Volviendo del pasado, con el sol de frente, el aire en el rostro y con la ilusión puesta en el futuro, te topas con la realidad, con las miserias del presente, las malas artes del vecino, los errores propios y las basuras del enemigo, cuando se te ocurre que el que sientes a tu vera te tenderá la mano y observas, no sin estupor, que se junta con aquel que, al sol que más calienta, te traiciona y apuñala.

Cantan las zorrillas las mentiras que se inventan y argumentan el apoyo y la ayuda supuestamente prestada por ellas, cuando la realidad es el trabajo bien hecho y entregado, sin esperar nada a cambio, y del que se pagó con el florín en el rostro para marcarte, cual perro sarnoso, cuando se dejó de servir a sus fatuas intenciones que encubren su insolvencia, su falta de rigor y su inconsistencia con altaneras formas y miradas de aviesas y duras formas que no alcanzan su objetivo.

 En este territorio de tenebrosas posiciones, en el que el amigo no es tal, el enemigo se esconde, la mentira es el instrumento y el miedo, sobre todo el miedo, es el arma con la que el mediocre intenta ocultar su medianía. Es la transparencia, la tranquilidad, la franqueza y, sobre todo, la carencia de recelo, la que concede la fuerza para luchar en pos de un tiempo en el que otra forma de crear y crecer sea posible.

La ponzoña no alcanza sólo la política, se posiciona en las instituciones, congregaciones de profesionales y reuniones gremiales, en los que con el mismo engaño se obtiene el mando, se consolidan las estructuras de familias ya periclitadas y caducas de un sistema que muere matando y se nutre no sólo del miedo, sino de los intereses ocultos de crueles y egoístas intenciones de mantener lo que ya murió, con un rostro de niño que, dibujado en el papel, se observa como una momia corrompida, por la insolvencia que se adueña de la dirección de todos aquellos que, por indolencia, complacencia o incluso pereza de apartar la mirada de lo propio para observar el todo, hace que, sin piedad, se conviertan en verdugos, jueces y dueños de lo que no son capaces de cuidar, sin ver en sí mismos el ombligo de la vida y de la muerte.

El futuro sólo se obtendrá por la persistencia en mirar en nosotros y no en el ego, en luchar como si no hubiera Dios, para alcanzarlo o morir en el intento de conseguir un mundo mejor, más limpio, más coherente y atractivo.

 

 

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