OPINIóN
Actualizado 04/05/2015
Alfonso González

¿Será cierto que la primavera, cante o llore, no viene nunca sin flores?

Cuando aquella noche nuestra ciudad se hizo nadie (tal que envuelta en desiertos), decidimos salir a recorrer el vía crucis de las librerías que habían fallecido de inanición los últimos tiempos.

Con devoción contenida anduvimos de una en una las estaciones, lamentando en silencio las pérdidas, y escuchando con los ojos del recuerdo. En la calle Toro, entre las cenizas de La Moderna y Aniceto, uno de los nuestros creyó ver unas tumultuosas salpicaduras en el suelo. Con un nudo en la garganta llamó nuestra atención. Confirmamos sus sospechas; por allí había pasado un libro malherido goteando letras. Apuntalando la fe con engañosa esperanza, seguimos el reguero de aquel destino sin suerte por las entumecidas calles, ahora cubiertas con una pátina de desconsuelo.

Encontramos a la víctima recostada contra el holocausto de un herrumbroso contenedor de reciclaje. Al vernos, se aupó con dificultad e intentó trepar para unirse a los suyos. No lo consiguió, y desfallecido cayó en el agitado sopor de los moribundos.

No gimió la aurora enternecida cuando lo sepultamos al amanecer en el huerto de Calixto y Melibea, justo al pie de un arriate de nomeolvides. Aplastados por la aridez de los cielos, a todos nos extrañó que los inocentes pájaros alborotaran sin pudor en aquel calvario, que los árboles no se secasen al ver nuestras ánimas salobres y que el sol, indiferente, hubiera salido como todos los días sin atufarse de nostalgia.

Barruntando la futura orfandad, regresamos a nuestras casas a cubrir los espejos con paños teñidos de oscuridades, a cerrar a piedra y lodo puertas y ventanas, y a posar nuestra acobardada soledad frente al escaso bálsamo de las pantallas temiendo que, poco a poco, se nos iría pudriendo en la mirada aquella antigua alegría.

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