OPINIóN
Actualizado 09/03/2015
Alfonso González

Desde la ventana del restaurante "La Consentida" algunas noches se descubren enigmas insólitos. Sobre todo cuando es tiempo de ayuno y el recogimiento propio de las fechas ha retirado de las calles a las gentes de orden, dejando al descubierto a descreídos, marchosos, rubias deambulantes, insomnes, viejos verdes y algún que otro lobo huido de la Sierra de la Culebra, que aprovechó la luna llena y la apertura de fronteras para entrar por Portugal y mudarse a la Charrería.

 El lector se preguntará si la cena no estaba lo suficientemente sabrosa y bien aliñada, o si el susodicho local no era lo acogedor y con el encanto que es de esperar en comedor de tan reputado prestigio, o si la compañía del "voyeur" no le buscaba la mirada con la intención necesaria.

Todo eso y mucho más estaba ocurriendo, cuando la magia de la noche obligó a la Luna, que aparecía envuelta en leves chales blanquecinos y jugaba al escondite entre la torre Mocha y la espadaña de la Universidad, a mandar un rayo mesurado que iluminase tu casa.

Pero ya he dicho antes que la noche era mágica..., y la Luna se equivocó. No sé a qué pudo deberse. Quizá a que tuvieses las persianas bajadas, a la proximidad entre tu calle y el cenador.

El caso es que el rayo críptico erró en su búsqueda y, perdido, entró por  la ventana mayor de "La Consentida", golpeando en una de las lágrimas de cristal de roca de la lámpara que hay en el centro de la sala.

Como el vidrio no esperaba la iluminación selenita, se asustó (luego supimos que era la primera vez que pasaba), y no se le ocurrió otra cosa que romperlo en haces de luces vivísimas que fue enviando simétricas a cada una de las copas de vino de los que se encontraban allí. 

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