Francisco Blanco Prieto, presidente de la Asociación Amigos de Unamuno y uno de los mayores expertos del mundo sobre el intelectual vasco afincado en Salamanca, recuerda la jornada en la que falleció el escritor.
Los miembros de la Asociación Amigos de Unamuno en Salamanca nos congregamos hoy junto a vecinos y autoridades locales, en torno a la estatua de Unamuno que mira de frente a la casa desde la cual emprendió viaje hacia al pecho del Padre Eterno el mayor intelectual que ha sentado cátedra en el Estudio salmantino en sus ochocientos años de historia, para expresar el agradecimiento de Unamuno a la ciudad que lo adoptó como hijo predilecto, y hacer memoria de lo ocurrido la tarde del 31 de diciembre de 1936 en el salón familiar de la casona de Bordadores.
Aquel jueves, Unamuno despejaba los témpanos suspendidos en la barandilla del balcón, mientras contemplaba los negrillos nevados de las Úrsulas flotando sobre la nube helada de algodón que cubría la calle adoquinada, después que su hija Felisa le llevara el desayuno a la cama y estuviera leyéndole cuentos a su nieto Miguelín, al calor de la "cocina económica", único lugar de la casa donde no se congelaba el aliento.
A la hora del almuerzo se acomodaron silenciosos en torno a la mesa camilla templada por un brasero de cisco, sus hijos Felisa, María, el militarizado Rafael y el niño, para dar cuenta de la temprana y frugal comida que Aurelia puso en la mesa, recibiendo la llamada telefónica de Bartolomé Aragón preguntando si podía pasar por la tarde a verle, acordando la cita para las tres y media.
Acudió el joven profesor falangista con el borrador de un folleto sobre corporativismo, para saber la opinión de Unamuno al respecto, mientras Aurelia estaba en la cocina, Felisa se había llevado al niño a ver belenes y María pasaba a casa de la vecina Paquita para interesarse por la salud de su madre Pilar Llorente, propietaria de la vivienda alquilada por don Miguel.
Se acomodaron maestro y alumno al calor del brasero junto a la ventana que dejaba ver la higuera del patio, discutiendo sobre la penosa situación que atravesaba España, hasta que Bartolomé aludió a que Dios parecía haberle vuelto la espalda a España al disponer de sus mejores hijos, respondiendo don Miguel enérgicamente dando un puñetazo sobre la camilla: «¡No! ¡Eso no puede ser, Aragón! ¡Dios no puede volverle la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!»
Esas fueron sus últimas palabras, pronunciadas con nerviosismo y exaltación a las cuatro de la tarde, antes de que el silencio espesara la salita donde ambos se encontraban, al tiempo que la barbilla de Unamuno declinaba lentamente sobre su pecho, observando Aragón la escena confundido sin pronunciar palabra, esperando que don Miguel continuara su discurso, cuando un olor a zapatilla quemada en el brasero le advirtió sobre la tragedia, mientras Unamuno caía de bruces sobre la mesa dándose un golpe seco, preludio de la más negra noticia.
Cuando pretendió ayudarle a incorporarse, Aragón percibió que Unamuno estaba muerto, llamando asustado a Aurelia que llegó corriendo desde el extremo de la casa, recostándolo entre ambos en el sofá y liberándolo de la zapatilla quemada, antes de avisar a María de que el señor se había puesto malo, entrando esta en casa acompañada de doña Pilar quien se sentó en el diván recogiendo la cabeza de don Miguel sobre las piernas, comprobando que aún está caliente, pero sin responder a estímulo alguno. Fue avisado el doctor Adolfo Núñez, compañero de tertulia de don Miguel, que vivía en el chaflán de la calle Doctor Riesco, frente al teatro Liceo, sin que el médico pudiera hacer otra cosa por él que certificar su defunción.
El rostro de don Miguel tenía una expresión de paz y descanso que el pintor José Herrero captó nerviosamente y con prisa, al tiempo que algunos vecinos entraban en la habitación donde yacía su cuerpo y se postraban ante él de rodillas. Todo era confusión, dolor y desconcierto porque nadie esperaba tal desenlace, cumpliéndose así su deseo de morir sin agonía ni sufrimiento físico.
Mientras esto sucedía a primeras horas de la noche, Franco estaba en la segunda planta del Palacio episcopal preparando con Giménez Caballero la emisión radiofónica del mensaje de fin de año a los españoles de la zona nacional, y redactando para la prensa la felicitación de año nuevo, mientras una emisora de radio republicana de Madrid difundía la noticia de que don Miguel ha sido envenenado, y otra hablaba de su fusilamiento. Finalmente, a las doce de la noche, mientras se estaba velando el cadáver de Unamuno, Franco enviaba por radio la salutación de año nuevo a los españoles «nacionales».
Así acabó la vida del hombre, el intelectual y el político Miguel de Unamuno y Jugo, cuando la situación familiar le mordía con más fuerza, pues tenía hijos y nietos separados en diferentes frentes de batalla, en desesperada situación para un anciano que pasó la vida luchando contra todo y contra todos, sin ser comprendido por casi nadie, terminando por ser inocente víctima mortal de una guerra incivil, aunque no muriera fusilado, y protagonista sin pretenderlo de la tragedia griega que le tocó vivir entre dos cruentas guerras civiles, que mecieron su cuna y apuntalaron el nicho donde descansa su cuerpo cansado de tanto bregar, mientras su alma deambula por los corredores de un misterioso hogar, sin encontrar respuesta a los interrogantes que atormentaron su vida.
Francisco Blanco Prieto, Presidente de la Asociación Amigos de Unamuno, autor de amplia bibliografía unamuniana y columnista de SALAMANCArtv AL DÍA