OPINIóN
Actualizado 28/12/2014
Asprodes

Abraido ornamenta el espacio franciscano con soledad poética de Unamuno, que hizo del humilde campo franciscano el centro del Universo, soñando porvenires trinados por ruiseñores.

Pone Abraido sus pinceles al servicio de Unamuno tres días antes del septuagésimo octavo año de la muerte del maestro, despertando su recuerdo en el salmantino Campo de San Francisco, remanso protegido por ursulinas, franciscanos y adoratrices, uniendo la pluma del profesor y el pincel del artista en armoniosa melodía invernal de cipreses, fontana y torres del alto soto cantado por don Miguel y eternizado en tela por Andrés.

Estampa del refugio urbano amparador de aves en primavera, donde aún resuenan los pasos del rector vasco junto a su amigo Cándido, el ciego que compartía dolores, afanes y alegrías con el poeta, en horas interminables de tertulia hermanada con el plumoncillo de los jilgueros y el rumor de las aguaderas que llenaban sus cántaros en la franciscana fuente.

Sosiego, paz, mansedumbre y espiritual silencio de clausura, que el artista recogió en el lienzo con sabiduría virtuosa, treinta y cuatro años después que el viejo profesor abandonara este mundo, cuando el invierno congelaba el agua en la jofaina del caserón vigilado de Bordadores, la noche de San Silvestre de 1936.

Deja ver el artista la negra teja sacerdotal y la sotana caminando entre los bancos municipales hacia el madrugador destino eucarístico, implorando la conversión del agónico sentidor cristiano que vivía con trágico sentimiento su existencia, abrigado en la realidad del reconfortante hogar familiar, donde la credulidad de Concha no pudo sobreponerse al racional descreimiento del marido que buscó la vida en la verdad y la verdad de la vida más allá de la muerte.

Abraido ornamenta el espacio franciscano con soledad, sonorizada por la voz poética de Miguel de Unamuno, que hizo del humilde campo franciscano el centro del Universo en su destierro parisino, soñando porvenires trinados por ruiseñores enclaustrados en los álamos.

Verdecido cobijo de humilde campo hermano, cofre eterno de recuerdos y lecho ajardinado que guarda en sus raíces deseo profético de anímico sosiego, entre cipreses y doradas torres por el venerado sol del ocaso, descansando en ellos el renacimiento perpetuo del Unamuno que en horas esperanzadas dejaron eterno rastro en sus cipreses, con el lento y seguro crecimiento de las encinas, esculpiendo en sus sillares el espíritu de ambos soñadores.

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