Por Emilio Vicente de Paz, Delegado diocesano de Liturgia
Hoy se celebra la Navidad, quizá la fiesta cristiana más vivida en el ambiente, incluso entre quienes no creen y entre aquellos cristianos que se autodenominan "no practicantes". La invasión de la sociedad por el consumismo de estos días, ya desde antes del Adviento, debería ser para la Iglesia, más que motivo de quejas inútiles, una ocasión para presentar el verdadero mensaje de Dios a los hombres. Porque para la mayoría será esta una de las pocas veces que se acerquen a la iglesia en todo el año, para ver los belenes con sus hijos o incluso para celebrar la eucaristía.
Si Dios ha venido, se ha hecho carne, nos ha hablado y nos ha rescatado del poder del pecado y de la muerte, entonces hay muchas razones para la alegría verdadera y para la esperanza, muy necesarias en estos tiempos de crisis. La liturgia debe expresar esto, no sólo por las palabras y las acciones sacramentales que la constituyen, a través de las cuales actúa Dios, sino también por la acción de los ministros: una cuidada proclamación de la palabra, unos cantos bien escogidos, una ambientación adecuada de los espacios, una sobria expresividad en las acciones y los gestos. En particular, hay un gesto muy significativo en este día, que es el arrodillarse durante el Credo a las palabras que se refieren a la encarnación ("y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre" o "que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen"). Todos los domingos del año inclinamos la cabeza al pronunciar estas palabras, pero el día de Navidad (y el 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación) nos arrodillamos. Conviene hacer este gesto con la debida dignidad, sin apresurarse, sino ralentizando o deteniendo brevemente la recitación del Credo.