OPINIóN
Actualizado 21/12/2014
Asprodes

Los camanines empujados con sidra, precedían el discurso atiplado que las ondas entremetían en los hogares con amenazadora mano que deseaba su paz a media España.

Evocan las fechas navideñas nostalgias adormecidas en el tiempo que la memoria nos devuelve equipando el recuerdo con botas de tachuelas y pantalones bombachos, cuando en la descreída madurez está apolillado el traje de la primera comunión y el olvido se oscurece dando paso a navidades agridulces, que ruedan sin rumbo en paraderos desconocidos.

Me recuerdo, pues, un día como el de mañana, pegado a la radio de válvulas Invicta con un lapicero en la mano para anotar el milagroso número que aliviara tanta deuda, presintiendo la fortuna no tendría el detalle de pasar por casa, ni la delicadeza de saludarnos aunque fuera de pasada, porque, tal vez, nuestra bolita nunca estuvo en el bombo, haciendo imposible el milagro, a pesar de las oraciones y velas que ponía la abuela junto a la imagen virginal que pasaba de casa en casa dentro de una caja de madera, con olor a cera, madera añeja y beaterío.

Las profesiones mendicantes aporreaban los llamadores metálicos de las puertas felicitando las pascuas y pidiendo aguinaldo para reparar las goteras que dejaba la miseria. Llamaba el cartero, que entregaba las cartas en mano tocando un silbato. El basurero, que pasaba recogiendo los cubos dejados por las mujeres a las puertas de las casas, para echarlos a un carro tirado por caballerías. Y el entrañable sereno, vigilante nocturno de feliz memoria, que velaba nuestro sueño cantando las horas, mientras abría los portales a los más rezagados. En cambio, al guardia urbano había que llevarle las botellas y los dulces a su lugar de trabajo, mientras ordenaba el tráfico en la plaza del Corrillo, arco del Ayuntamiento o Puerta de Zamora, con su casco blanco en la cabeza.

Pelaba el frío entre las rendijas del pasamontañas y los sabañones entumecían los dedos, sin que el brasero de cisco pudiera hacer otra cosa que atufarnos en torno a la camilla, hasta que alguien escarbaba sus brasas para echar una firma al rescoldo que se ocultaba bajo las cenizas, mientras el viento silbaba en las ventanas acompañando las panderetas y villancicos de los niños, que también pedíamos aguinaldo por las casas.

Todos cantábamos, menos el pollo de corral que apuraba en el gallinero los últimos restos de comida antes de ser ajusticiado, desplumado, guisado y comido en buena noche, compartida con quienes llegaban de lejos, siempre tarde porque los trenes no tenían reloj, pero sí mucha prisa los mozos de estación con su gorra de plato y carretilla, llevando equipajes al maletero del autobús de Carita, que iba dejando viajeros por la ciudad.

También entonces, la llegada de otros familiares al refrigerio nocturno alteraba el orden de la casa, la posición de la mesa y la distribución de las sillas, pero no había teléfonos móviles ni podía felicitarse a los ausentes porque siempre había al otro lado del hilo una operadora dispuesta a recordarnos que nuestra conferencia tenía una demora aproximada de tres horas.

Finalmente, los higos secos desposados con las nueces para formar deliciosos camanines que empujábamos con sidra, precedían al inevitable discurso atiplado y monótono que las ondas entremetían en los hogares, apuntalando la oscilante y amenazadora mano que felicitaba con aburrimiento la Navidad y deseaba su paz a media España.

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