OPINIóN
Actualizado 20/12/2014
José Luis Cobreros

Un año más, Salamanca, como el resto de ciudades de nuestra geografía,  se prepara para celebrar la Navidad. Se cuidan los últimos detalles para que el espíritu navideño restaure en nuestra memoria el recuerdo de la infancia,  y con el, la presencia de aquellos seres que ya no están a nuestro lado.

De nuevo, el sentido profundo de estas celebraciones nos impulsa a evocar la figura de Jesús de Nazaret, desde su nacimiento hasta su muerte en la cruz. Esta circunstancia, nos sumerge en la sociedad de su tiempo, repleta de luces y sombras difíciles de conciliar.

Como ocurre en nuestro tiempo, los contemporáneos de Jesús, valoraban más los intereses temporales que las enseñanzas de un hombre nacido en su propia tierra y no revestido de valores aparentes que justificaran su irrupción en el mundo  religioso de aquel tiempo.

Por eso la figura de Cristo, acaso no tenga en un primer momento la incidencia social que requería una misión como la suya. Sin embargo, con el paso del tiempo, sus enseñanzas arraigaron profundamente en las sociedades posteriores y, hoy, se reconoce en el sacrificio de Jesús, el esfuerzo fabuloso de un hombre que,  desprendido de sí mismo, se atrevió a sentar las bases de una filosofía que ni siquiera dejó escrita. Esta consecuencia  nos induce a pensar que sus enseñanzas, más que una doctrina emanada de su divinidad para ser impuesta, constituye un apoyo firme, adaptado a la realidad del hombre en todas sus variantes.

Jesús bajó a la condición humana y a ese nivel sembró la verdad. Reiteradamente afirmó su sentido de la vida. Pero, el mismo egoísmo que hoy envuelve a nuestras comunidades, hace veinte siglos, le halló culpable; le juzgó y le condenó. No es posible que el hombre de hoy interprete los hechos  de forma diferente. ¿Cómo al hombre de nuestro tiempo puede ser audible un mensaje pronunciado hace tanto tiempo? Sus palabras, también hoy, son ignoradas por la mayoría.

Para muchas personas, la historia de su vida seguirá plasmada en los anales, más como un  cambio de época que, como una posibilidad  real para la humanidad. Las verdades de fe carecen de vigencia en nuestro tiempo, no así la reseña histórica de su nacimiento, como motivo de celebración por los beneficios que aporta.

Sin embargo, el espíritu navideño permanece en nosotros. El es quien nos impulsa a recobrar la figura de Cristo. Es como si la humanidad quisiera devolver a Jesús las palabras que le fueron negadas, para escucharlas  con renovado entusiasmo. Pero hoy, veinte siglos después, las cosas no han cambiado tanto y, si volviera otra vez  a la tierra, no escaparía de algún proceso judicial y, bajo cualquier pretexto, encontraría de nuevo la muerte.

También hoy, su conducta sería motivo de escándalo, porque su mensaje causaría incomodidad en aquellos que mantienen un mundo de clases y de miseria. Lacerante sería su discurso en la mente de los poderosos. No, no es necesario que las historia se repita. 

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