OPINIóN
Actualizado 28/11/2014
Juan Robles

Soy consciente de que en estos días hay reclamos más llamativos que nos invitarían a hacer reflexiones de altura o de profundidad, según se prefiera. Tales serían la multitud de manifestaciones de corrupción económica de políticos y otras instituciones; las expresiones de inmoralidad tan llamativas que en estos días han puesto sobre el tapete las transgresiones de sacerdotes en diversas diócesis españolas. También me tentaría personalmente hacer alguna aproximación al relevante acontecimiento de aproximación del Papa Francisco a las instituciones europeas invitándolas a reencontrar los principios humanistas y aun cristianos que den sustentación con visos de futuro firme a las personas, grupos, instituciones y países de nuestra querida Europa.

Pero permítaseme hoy centrarme en otro acontecimiento de interés, pero que ha pasado casi sin pena ni gloria en los días pasados: me refiero al fallecimiento de la Duquesa de Alba Doña Cayetana. Siendo yo hijo adoptado de Alba de Tormes desde el año 1957, me apetece, y en cierto modo es obligado, que yo dedique unas líneas a la titular hasta ahora del tradicionalmente relevante ducado de Alba.

El título de nobleza hoy ya tiene menos relevancia y trascendencia de la que tuvo en el pasado y, sobre todo, en los tiempos del Gran Duque de Alba a lo largo del siglo XVI. Entonces el tercer duque se distinguió por sus hazañas militares, especialmente en los Países Bajos, donde todavía se le recuerda como "el demonio meridiano", y como hombre sobresaliente de asesoramiento y apoyo para el gran Rey Felipe II.

Recientemente los títulos, aun manteniendo su significación en la sociedad, han sobresalido especialmente por las abundantes y relevantes posesiones económicas en fincas y edificios, aunque también por la posesión y apoyo del arte pictórico y escultórico, que en definitiva enriquecen nuestro patrimonio y le dan sustento y permanencia.

Las relaciones y enlaces familiares y sociales han sido significativos y dignos de atención  muchas veces en los espacios de sociedad y aun de las revistas del corazón. Incluyendo los tres matrimonios de diferente tendencia y color.

Hay otro aspecto destacable, aunque menos conocido. Se trata de la función de patronazgo y apoyo de beneficencia que el ducado de Alba ha mantenido con diversas instituciones, a las que destinaba no pocos fondos económicos de su pertenencia. Me llamó especialmente la atención la carta difundida al día siguiente de la muerte de la duquesa por la Hermandad de Jesús Despojado de Salamanca, a la que apoyó con algún donativo modesto, justificando esa moderación por la multitud de instituciones a las que estaba apoyando continuamente y que ponían límite a las posibilidades de reparto de fondos, aunque ciertamente eran cuantiosos.

Con Salamanca la duquesa de Alba ha tenido frecuentes relaciones por razón de tener aquí una de sus residencias, el palacio de Monterrey, donde ha pasado diversas temporadas, más en otros tiempos que en los recientes. Ha habido también tradicionalmente una relación de patronazgo y colaboración con las religiosas agustinas, y consecuentemente con la parroquia de la Purísima, que es la iglesia natural de ese convento de monjas de clausura. Me consta que a las monjas las visitaba varias veces la duquesa cada vez que venía a Salamanca y, por supuesto, se supone que contribuía con ayudas económicas significativas.  Con la misma parroquia mantuvo en otros tiempos relaciones de normalidad y apoyo, cosa que últimamente había decaído y se había enfriado por razones que no son del caso ahora.

Tengo que terminar haciendo mención de las relaciones mantenidas por la casa de Alba con la villa de su titularidad Alba de Tormes. Tengo la impresión de que en los primeros tiempos de mi residencia en Alba esas relaciones eran frías, distantes e insignificantes, cosa que el pueblo de Alba no acababa de comprender. El castillo del duque estaba arruinado y desatendido, y mantenían únicamente cercanía con las dehesas o fincas de su posesión, pero aun entonces sólo por medio de los administradores.

Las cosas empezaron a cambiar significativamente a partir del cuarto centenario de la muerte de Santa Teresa de Jesús, en cuyas celebraciones se hizo presente, especialmente con ocasión de la visita del Papa Juan Pablo II en el año 1982. A partir de entonces, las relaciones con la villa titular de Alba de Tormes empezaron a ser más frecuentes y fluidas, llegando incluso a participar en los pregones de fiesta en algún momento. También ha sido significativa la cesión de uso del castillo al ayuntamiento, permitiendo las obras de recuperación y mejora, que lo hace accesible a las visitas turísticas, con especial relevancia entre todos los lugares que pueden ser visitados en la memorable villa.

A la sombra del castillo se cobijaron en otros tiempos diversas manifestaciones de arte y cultura, como el teatro, la poesía o la pintura y escultura. Pero la gran gloria a la que contribuyó en su tiempo la gran duquesa, y que perdura en nuestros días, superando incluso la relevancia de la casa ducal en Alba, es la presencia, fundación del convento y permanencia corporal por la presencia de su sepulcro, y espiritual por su significación espiritual y mística, apoyada en su valiosos escritos, de la gran doctora Santa Teresa de Jesús.

Las relaciones de Teresa con la duquesa de Alba en su tiempo fueron de franca amistad y apoyo, llevando a la Santa a variar su camino hacia Ávila desviándose a Alba de Tormes para acompañar en el parto a la hija de la duquesa, provocando así el feliz regalo de su muerte y permanencia en el sepulcro de Alba. Esperamos que hoy la duquesa se haya reencontrado con la Santa Madre en su casa del cielo. Descanse en paz doña Cayetana.

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