OPINIóN
Actualizado 25/11/2014
Fernando Robustillo

Los testaferros siempre han sido gente vestida de marca, perfumada, de buen yantar y mejor beber, nada inocentes de su labor, o sea, prestar su nombre en un contrato o negocio que en realidad es de otra persona para encubrirla; no por defenderla, que es l

En inglés se les llama "front man", pero su etimología no es inglesa, sino de origen italiano: testaferro, "cabeza de hierro". Ante todo "un señor", sí, en toda la extensión de la palabra, un tipo de total confianza pero con cara de cemento y, aunque  consciente de los riesgos que su labor entraña, vive el presente y duerme como Dios. ¿Alguno habrá sido necesario? ¿Los habrá habido de buena fe? Lo desconozco.


Lo que no se puede negar es el deterioro que está sufriendo tal figura. Hoy están bajando a la altura de esos pobrecillos a los que llaman "testaperros". Pero en realidad únicamente son distintos  porque van mal vestidos, son malolientes, atrapados por el alcohol, las drogas, el paro y los desahucios, y como en la calle hace mucho frío, esto les lleva a ser víctimas de unos bandidos que con enseñarles 50 euros firman la venta de su cadáver.

 

En una crisis como ésta, inventada para que la sociedad sea una montonera de pobres donde cuatro poderosos "testacerdos" hinquen su bandera, una pléyade de excluidos están cayendo en la categoría de "testaperros" propietarios de empresas muertas convertidos en lápidas de cementerio. ¡Qué asco! Hasta tenemos quienes ya han pasado por la cárcel por no pagar deudas por "sus" propiedades. Y son tan pobres los pobrecillos que no saben por qué están allí y piden su puesta en libertad alegando que quieren volver a su caja de cartón o a su centro de acogida.

 

Pero hay muchos tipos de "testaperrerías". También se le puede llamar "testaperro" a esa víctima que en los confines del mundo le introducen droga en el equipaje esperándole en Barajas para que la devuelva y, si sale todo bien, habrá sido una candorosa mula sin enterarse; si no sale, se "chupará" larga estancia en penumbra sin comerlo, beberlo ni fumarlo. Después habrá tiempo para darle muchas vueltas por caer en la madeja del "dilema del prisionero", icono judicial desarrollado por Albert W. Tucker. 

 

Tampoco te fíes de quien realice un ingreso a tu favor de forma tan cándida como un chiste de Jaimito, ya que puede ser un dinero envenenado con un fin espurio, o peor aún: una simple errata del autocorrector informático. Devuélvelo aunque hubiera prescrito, pues el tiempo vale más que el dinero y no se debe perder. Además, es preferible haber sido un supuesto "testaperro" por ignorancia que serlo. Lo más preciado es la libertad. Y Séneca lo dejó dicho: "nada se parece tanto a la injusticia como la justicia tardía".

 

Por último, lo más cruel ocurre con las víctimas "testaperras", con perdón ?es vocabulario de mafias?, que las traen engañadas desde otros países, las prostituyen, las esclavizan y las convierten en morosas de una deuda que no se acaba nunca.

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