OPINIóN
Actualizado 12/11/2014
Carlos Aganzo

No lo sé. Pero formulo la pregunta porque estoy preocupado. Tengo interés intelectual e inquietud ciudadana. Soy miembro de una comunidad universitaria que, por definición, debe conocer, interpretar y explicar lo que nos sucede. Formo parte de una sociedad compleja, con lazos culturales trenzados durante  siglos que dan pie a una conjunción de identidades y sensibilidades múltiples. Convengamos todos que esta segunda pertenencia que compartimos parecía haber encontrado desde hace unas pocas décadas una forma de convivencia civilizada a la hora de resolver sus problemas de acción colectiva. Sin embargo, la comunidad política que conformamos muestra hoy signos inequívocos de falta de vigor. Gravitan dramáticamente la incapacidad de superar la crisis económica que nos golpea desde hace seis años, las dificultades en la renovación y regeneración de la clase dirigente y en el encaje de los nacionalismos en el proyecto común.

El punto y aparte que estableció la denominada consulta popular en Cataluña el domingo escribe un nuevo párrafo de un relato cargado de emociones, palabras grandilocuentes, intereses sectarios, equívocos malintencionados, pulsos de poder, guerras de cifras y narcisismo mal curado. Enmarcado por un liderazgo político que evidencia uno de los peores momentos de nuestra historia reciente, la gente permanece atónita ante el activismo atávico de unas centenas de miles de personas que han decidido hacer de su vida un ejercicio de inmolación permanente en pro de una idea que creen superior. Un quehacer alucinado que tiene un componente cuasi religioso animador de una cruzada irredenta que no tiene descanso, para el que la movilización y el activismo indeleble es simplemente un acto de fe en el empedrado camino hacia el paraíso.

Me temo que el periodo que ahora se abre mantendrá un contenido similar con una espera empantanada del Gobierno que anhela el desinfle final del globo independentista y un relato ultranacionalista que continuará calando en su entorno hasta convertirse en el verdadero pensamiento único. Mientras, se van deteriorando poco a poco las costuras de la convivencia, se amplía la brecha de la desigualdad, se calla el drama de los millones de hogares donde uno o varios de sus miembros están en paro, se silencia el deterioro de la sanidad y de la enseñanza públicas. Las torpes bravatas legalistas gubernamentales agarradas al solitario argumento de la soberanía nacional chocan estérilmente con el flamear fervoroso de las esteladas que pretenden ser redentoras del caos que se avecina.

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