OPINIóN
Actualizado 26/09/2014
M.F./S.G.

 

Ser feliz no es cuestión de destino, es cuestión de elección.

Cuida tus pensamientos, porque se volverán palabras.

Cuida tus palabras, porque se volverán actos.

Cuida tus actos, porque serán costumbres

Cuida tus costumbres, porque forjarán tu carácter. 

Me quedé prendado de esta lección de Dalai Lama, mientras contemplaba esa foto y pasaba página al álbum de los miles de fotografías, que inmortalizan la vida y el destino de mi pueblo y de todos los pueblos. Así se construye la filosofía de los pueblos, creando actos reiterativos que se vuelven costumbres que forjan su carácter, su manera de ser y de convivir, y que llevan al acercamiento y a la felicidad de sus gentes.

Y he elegido para escribir estas líneas una escena simple, una simple merienda, con unas viandas simples expuestas sobre unos cachos de papel de aluminio o de un simple papel de periódico y una simple variedad de gestos, simbolizan generosidad, concentración en la tarea y diálogo abierto en esa mano que pide respuesta. Y esta escena se repite a diario en mi pueblo y, sobre manera, los meses de verano, cuando nos ponemos todos de acuerdo para homenajear y honrar a nuestro patrón san Roque.

Y como se trata de una costumbre añeja, la abrimos con sus orígenes.

 

A la tertulia bodeguera del cacahuete, higo y castaña, rociada por el clarete de la Llaná, le suplió la merienda en la taberna. Esta costumbre viene de los jarreros: aquellos pioneros de la taberna, que, después de su trabajo, se congregaban en casa de la Magana a echar una jarra o un trago de aguardiente. El vino no entraba sólo, siempre lo acompañaba un pimiento de cuerno cabra,  unas aceitunas barranqueñas, unas bellotas o alguna trucha de cubeto, que se compraba en casa de la señora Isabel. La costumbre de la jarra se impone y se acrecienta con la apertura de la taberna de los Ponderas y de  la bodega de los Fachendas. Son las pandas de mozos, las que se cansan de las veladas nocturnas en la bodega, las que imponen, de una manera radical, la costumbre de echar la jarra los domingos. A esta iniciativa, se une todo el mundo o casi todo el mundo, porque los hay que no han pisado nunca una taberna.

De este ambiente amistoso y tertuliano, promovido por unos y otros, emerge la hermosa costumbre de ir los domingos a merendar con los amigos a la taberna. Cada uno lleva su merienda, a cada uno se le ve con su envuelto de papel de periódico dirigirse a casa de Pedro o del Moreno o a la bodega de Fachenda. La panda toma posesión de una mesa, despliega el papel y expone su cacho de jamón o de chorizo o la trucha o cualquier cosa con el tomate ensalado. Eso sí, se pide una jarra o dos o tres que pagan a escote entre los comensales. Al final, se canta o se echa una partida de brisca o se sale a tomar café y la copa a otro establecimiento. Si uno llega de non, se arrima a cualquier mesa, pues siempre es bien recibido.

Esta costumbre añeja sigue viva, con menos fuerza, pues la población del pueblo ha descendido considerablemente; sin embargo, en el mes de agosto, cuando el personal viene a la fiesta, la merienda, en la taberna, recobra el fervor que tuvo siempre: mesas y mesas ocupaban la calle de Francisco el Pondera y de la plaza de la Leña. El manjar es sólo un pretexto para estar juntos los amigos y los paisanos, donde la historia de cada uno se comparte con la del otro, y la gente juega a ser feliz con el encuentro.

 

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