OPINIóN
Actualizado 09/09/2014
José Javier Muñoz

De mi novela "El descanso de Sertorio" (Libros en Red. Buenos Aires 2003)

   El tosco militar sabino resultó ser delicado y cariñoso como los amantes imaginarios de sus duermevelas de verano. Al principio Nalbea simuló cierta resistencia, cerró fuertemente los brazos contra el pecho y cruzó las piernas para evitar los tanteos iniciales del asedio. Mas había algo que la dominaba por encima de la fuerza física o los ruegos susurrados con voz ronca y excitada. No era por supuesto la inexistente belleza del rostro, pero tampoco la fuerza física ni la tersura de los viriles músculos... Era la sensación de que aquel hombre estaba completamente seguro de que acabaría poseyéndola.

    La joven no pronunció una sola palabra. Desde el instante en que supo que habría de entregarse se concentró en disfrutar de la excitación creciente. Él dosificaba los gestos y los amagos en un juego anticipado del placer definitivo. Ella fingía ir cediendo paulatinamente, como si se tratara de una ciudad asediada a la que se iban agotando los recursos.

    Notó un cosquilleo punzante cuando él repasó su cuerpo con la palma de las manos, comenzando por la nuca y terminando entre los dedos de los pies. En ese punto perdió la noción del orden y del tiempo y se dejó agitar en el torbellino de caricias y besos, algunos de los cuales se había limitado a dibujar hasta entonces en su joven y caliente imaginación.       

    Mientras la lengua del pretor percutía repetida y blandamente sobre el botón rosado del placer, Nalbea entreabría de vez en cuando su boca y estiraba los labios simulando los morritos de un bebé enfadado.

     Otras veces, abría desmesuradamente los ojos y ladeaba el cuello en un signo de fingida sorpresa que nada tenía en realidad de reproche. Y si Sertorio abandonaba en un instante de descanso el territorio conquistado de carne húmeda y tibia y fijaba la mirada en el rostro de la chica, lograba el milagro de ver cómo ella se ruborizaba, pese a la entrega sin reservas ni recato al juego de las cosquillas recién descubiertas.   

    Una y otra vez, las yemas de los dedos del soldado recorrían la silueta de la joven sin cuenta ni fatiga. La raíz del cabello, el cuello, los hombros, la piel amelocotonada de los brazos, las curvas apretadas de los pechos. En ellos se detenía un momento para dibujar el contorno de saliva y sorberlos, al principio despacio y luego fuerte y rápido, succionándolos hasta llenar de aquella fruta la boca y sentir que el aire le faltaba. El agujero del ombligo era pequeñito, pero suficiente para soñar en exploraciones de cuevas prohibidas. No se cansaba de acariciar las rodillas, las piernas, los tobillos de caña y marfil; ni los pies, de dedos perfectos. Y después, los muslos ?el tacto inverosímil de mármol maleable y caliente?, el vientre, el pubis, el vello castaño, perversamente hirsuto en el monte de Venus, la cumbre más apetecida...  

 

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