OPINIóN
Actualizado 07/09/2014
Uva de Aragón

Huyendo de las casetas que invaden Salamanca con motivo de las fiestas patronales, me refugié en el bar de Emilio, uno de esos que estos días están casi vacíos, medio arruinados por un botellón constante y subvencionado que castiga a los empresarios que no montan su instalache en la vía pública.

Con aire jotero, Emilio había puesto música pachanguera, "por animar a la clientela", tres tristes que bebíamos tristes vasos de vino triste. De tal música, no sé muy bien cómo, atracamos en la conversación de la España de charanga y pandereta, de la decadencia, de la fiesta barata, repetitiva, poco pensada. De la España empobrecida con políticas ineficaces que nos endeudan aún más, que saquean las arcas de la seguridad social y hacen que descienda peligrosísimamente el número de cotizantes, por mucho que nos digan que se reducen los inscritos en el paro.

Emilio, fiel al discurso aprendido de sus jefes de militancia, hablaba de progreso, de raíces, de recuperación lenta, pero constante.

Mario respondía con datos, con muertos en accidentes de tráfico, con cifras que confirman el ascenso en los casos mortales de violencia de género Y con números cabalísticos, ocultos, de gente que pasa hambre.

"España ya no es país de charanga y pandereta", culminó su discurso. "Han despedido a tantos músicos, que no llegamos ni a ser país de hombre orquesta". Y reímos, para alejar de nuestro cerebro la crueldad que enmascara la frase, por mucho que parezca chascarrillo, chiste de tertulia tabernaria.

España es país de hombre orquesta, y nos tienen secuestradas casi todas las partituras. Tocamos al son que ordena el que más calienta, aunque el calor nos venga dado en forma de represión, miseria y tristeza.

¡Si Machado levantara la cabeza!

 

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