TOROS
Actualizado 14/07/2014
Marco A. Hierro (cultoro.com)

Bolívar cortó la única oreja de la tarde en el cierre y perdió otra con la espada haciendo guardia

Luis Bolívar es un torero serio, maduro y acostumbrado a verse en mil tracas cada vez que su tierra natal de desaparece de los pies y Europa le pone clavos en el camino. Cuando se quita el chispeante, Bolívar es El Boli, un tío simpático, ingenioso, ocurrente y hasta irreverente en el que casi no se reconoce al torero que esconde. A veces, en el ruedo, parecen entremezclarse los dos papeles a los ojos de quien le conoce y al conjunto suele faltarle un algo más. Pero hay días, como hoy, en el que El Boli se pone serio y da la impresión de tener en la mano el misterio de la lidia.

De la lidia, de esa arcana y rara capacidad de ver a los toros, de analizar a los toros, de desmenuzar a los toros para aplicarle una solución válida a cada traba y para aprovechar cabalmente cada brizna de bondad. Eso sirve -y mucho- cuando te ves en Pamplona matando la de Miura. La que había si quería estar en San Fermín. Porque con Miura no hay gestos, no hay definición ganadera; te puede salir ese quinto mirón y de constante caminar, ese tercero a la caza y apuntando al pecho, ese primero bobalicón y noble sin una puntita de espíritu para mantenerse en pie o ese segundo de acusada movilidad y obediencia a los toques, todos sin clase. También te puede salir ese Olivito que hizo sexto, con virtudes para la apuesta y duración para estructurar, pero no es eso lo normal. Lo habitual es que no sirva para hacer el toreo bueno.

Para eso hace falta valor para dejarlo llegar desde lejos, asiento para imponer la posición, enganche muy adelante para traer gobernado al toro y cabeza fría para saber si hay que vaciar por arriba o por abajo la embestida que te llega. Si eso se hace hundido en la arena, se dispara la emoción, pero no todos son capaces de cruzar la línea, que fue lo que hoy hizo El Boli. Al negro le encanecen ya las sienes y tiene un arreón cruzándole las carnes por cada una que blanquea su testa. Hoy se llevó otro más. Al matar al segundo por tirarse a morir, recibir el pitonazo en el vientre y escaparse de la parca porque entró el cuerno entre la talega y la piel. Eso lo hace El Boli cuando se pone serio.

Tan serio que se acordó de la madre cuando salió la brillante faca bajo el vientre del salinero quinto, que de puro corretear no fue capaz de morirse quieto. Sólo en la muerte le deslució la labor. Suficiente para robarle el premio gordo a quien más gordos los tuvo la tarde que cerraba Miura este nuevo San Fermín. Serio se puso Bolívar para tirarle rectas al que tan recto venía, para lanzarle el trapo muy largo al que volvía sin problemas, para matar la ligazón y buscar el objetivo en la pureza de uno en uno. Con los pies juntos, dando los frentes y olvidando sin alivio que estaba el toro con él. La tenía en la mano El Boli por ponerse serio, pero le falló el acero.

También le falló a Esaú en la primera miurada que despachaba en su vida, en la que notó que la entrega suele faltar a estas citas y, sin embargo, se presentó de improviso en el acto postrero. Tardó en confiarse el de Camas porque se acordaba aún del cabrón que había sufrido como primero de lote. Luego fue un torrente de movilidad y de entrega de las que te sacan el bofe si te aperreas con ella. Y había estado ligero Esaú hasta entonces, con navarras en el quite, verónicas de línea a línea y un inicio caminando para ver si la tomaba. Fue después, cuando lo sacó de los embroques por debajo de la pala, cuando le asentó el talón para cincelarle el trazo. Entonces se entregó Olivito y vio la luz Esaú. Pero se le hizo de noche con la tizona en la mano, y aún estará lamentando su falta de fe con el arma.

Peor suerte corrió Castaño, al que se le murió entre las telas la nobleza del abreplaza y tuvo que pasar sobre las piernas la díscola llegada sobre las manos del decimonónico cuarto, al que mató con decoro y se retiró en silencio. Mucho más normal su lote en una miurada que el Olivito de Esaú o el Marchenero de El Boli.

Para todos esos miuras se prepararon los tres, pero sólo El Boli se puso serio de verdad para reivindicar un sitio. Gritó Bolívar con fuerza que está llamado a otras metas que torear a mitad de julio la segunda de la campaña. Con esta mentalidad, una vez serio El Boli, a ver quién le dice a Luis que se aparte del camino.

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Pamplona. Última de la Feria del Toro. Lleno en los tendidos. Toros de Miura, bien presentados pero desiguales de presencia y juego. Noblón y manejable el feble primero; de aprovechable movilidad el segundo; informal y descompuesto el tercero; manso, protestón y sin opciones el cuarto; probón, incierto y agarrado al piso el quinto; humillado, repetidor y con transmisión el sexto.

Javier Castaño (blanco y oro), silencio y silencio.

Luis Bolívar (blanco y plata), oreja y ovación tras aviso.

Esaú Fernández (marfil y oro), silencio y silencio tras aviso.

Saludó Curro Robles tras parear al sexto.

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