OPINIóN
Actualizado 31/05/2014
Tomás González Blázquez

Se preguntaba y nos preguntaba el otro día un amigo, en la voz alta de un grupo de whatsapp, si el nombre del partido que ha quedado cuarto en la versión española de la última Eurocopa electoral, la que se disputa cada cinco años, se refería al presente del verbo poder o al imperativo del verbo podar. No le respondimos pero me quedé pensando en que para podar hay que poder, y que los que pueden podar a menudo están dejando crecer el ramaje y echan a perder el árbol confiado.

Abiertas las urnas durante once horas, cerradas y recontados los votos, quedó inaugurado el tiempo del análisis, con frecuencia apasionado. Si poca, casi nula atención, presté a la campaña, esta semana sí he dedicado algunas horas a intentar acercarme a partidos y personas. A "la casta" y a los "frikis", que dirían ellos. Algunos echan pestes del bipartidismo y festejan su debacle, pero yo querría siempre, en último término, elegir entre dos candidatos, los más votados cada vez, para ser mi alcalde o mi presidente de gobierno, en una segunda vuelta electoral, ahorrándole ese voto definitivo a concejales y diputados tan amigos de pactos, de frentes y de coaliciones que no decidimos los ciudadanos. Otros recelan de los partidos minoritarios porque, se quejan, dividen mucho los apoyos y dificultan la gobernabilidad: como si no fueran todos minoritarios, en mayor o menor medida, desde el momento en que el ganador de estas elecciones no ha conseguido ni el 12% de respaldo entre los electores.

Detrás de las siglas que poblaron las treinta y nueve opciones del menú de plato único servido el pasado domingo, sigo echando de menos a las personas. También en aquellas formaciones que llevan las personas a sus lemas y a su retórica. También en las que han contado con ellas, con nosotros, para elaborar sus programas o definir sus candidaturas. Echo de menos que la persona sea el centro y el partido sólo un instrumento circunstancial, jamás imprescindible. Me sobran las lanzas y las espadas en todo lo alto del debate, las solemnes declaraciones que me suenan vacías o demasiado llenas, y me faltan los arados y las podaderas con que soñaba Isaías.

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