OPINIóN
Actualizado 27/05/2014
Miguel Ángel Perfecto

Hay días en los que parece que no deberíamos levantarnos, por todas partes vemos caras largas y enfadadas, la gente ya no se saluda y es cada vez más maleducada.

Entras en una cafetería y haces un comentario intrascendente, irónico o humorístico sobre algún episodio del día e inmediatamente ves cómo la gente se vuelve a mirarte con reprobación.

Existe una irritación apenas contenida en gran parte de la población que nos está haciendo muy poco amables.

Ciertamente, lo estamos pasando mal, algunas personas y familias muy mal, además no vemos la luz al final del túnel, estamos sencillamente desesperanzados, ya no creemos en nada y en nadie y hasta el vecino parece culpable de nuestra desgracia real o imaginaria.

No creemos en nuestro país, en sus habitantes, en los gobernantes y en los demás grupos políticos de la oposición, desconfiamos de las Iglesias y rechazamos las asociaciones por manipuladoras, nos concentramos en el rencor contra todos y contra todo y eso no nos salvará, ni nos sacará del hoyo en el que entre todos nos estamos hundiendo.

Algunos todavía esperan un salvador, algún político iluminado que resuelva de la noche a la mañana todos nuestros problemas, el escaso trabajo, la falta de oportunidades laborales, los déficits sanitarios y educativos, la bajada de las pensiones de nuestros padres y abuelos, el futuro de nuestros hijos.

Sin embargo, nos estamos olvidando de lo esencial la capacidad de esfuerzo, trabajo, inventiva del pueblo español.

Este país ha pasado por momentos muy duros y dramáticos con hambre, desnutrición, enfermedades como la tuberculosis, por ejemplo en los años 40 y 50 del siglo XX.

Este país se tuvo que reinventar en los años 60 y 70 con la emigración de millones de personas a las ciudades y a Europa, sin saber casi español, sin conocer cómo se trabajaba o cómo se vivía en una ciudad, pero estaban dispuestos a comerse el mundo por sus hijos y por su familia y siempre mirando con cariño a su país, a España.

En medio de los suburbios de Hamburgo o en los extrarradios de Ginebra el colectivo de españoles seguía soñando en un país mejor y no hablaban de exilios, ni protestaban por derechos que nunca habían tenido.

Ellos, los españoles de la emigración, estaban dispuestos a luchar para sacar a los suyos de la miseria y conseguir una España mejor, una España que se pareciese simplemente a Europa.

 Ellos tenían coraje y esperanza. Deberíamos dejar de rugir de ira y comenzar de nuevo a trabajar por un nuevo futuro, con sacrificio si, pero con ilusión y esperanza y sobre todo creyendo que los españoles somos un pueblo con grandes virtudes y grandes capacidades.

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