OPINIóN
Actualizado 12/01/2014
Paco Cañamero

Caminaba el obispo mirobrigense Raúl Berzosa por las calles de Salamanca con sus aires de hombre moderno, lejos del tópico que en otras épocas rodeaba a los prelados, generalmente acompañados de su corte. No, Berzosa, erguido, lo hacía con andares ligeros y aspecto de profesor de nuestro viejo Estudio, delatando su condición eclesiástica con su ropaje grisáceo, junto al alzacuellos en la camisa y la cruz plateada en el pecho que define su rango, pero dejando su impronta de persona que se acerca al pueblo para conocer su realidad. Sobre todo en estos días marcados por la necesidad apremiante en tantos hogares.

¡Qué lejos quedan otros tiempos! Todavía recuerdo la algarabía que se organizaba cuando, siendo un colegial, recibía el pueblo la visita del obispo. En esas fechas estaba al cargo de la diócesis mirobrigense el burgalés don Demetrio Mansilla, un hombre afable y buena gente, pero obispo con la parafernalia que movía entonces a su condición y adecuado al marco de la época en la que le tocó ejercer su sagrado magisterio. ¡Cómo ha cambiado la vida! Cuando ahora Raúl Berzosa se muestra como un ciudadano más. Como alguien cercano y ameno que viaja conduciendo su coche de un lugar a otro, a visitar iglesias y gentes, al que se puede encontrar en cualquier punto de su diócesis. Incluso en un recóndito bar de un pueblo tomando un café y leyendo el periódico. O hablando con cualquier persona a la que siempre transmite su carácter tan positivo.

Hoy todo es muy distinto de cuando ser obispo era casi como ser ministro y allá donde se encontraba la reverencia era de respeto y autoridad. Pero siempre rodeada su figura con una enorme algarabía alrededor que marcaba el año de un pueblo, con un antes y después de la visita del obispo. Del señor obispo, que decían las gentes.

Ser obispo era tan importante, aún lo sigue siendo, que hasta la década de los sesenta los maquinistas del tren cuando llegaban a la sede de alguna ciudad episcopal, que no era capital de provincia (por tanto tenía prelado, pero no gobernador civil) hacían un toque especial para rendir respeto y reverencia al señor obispo. Ocurría en lugares como Alcalá de Henares, Astorga, Barbastro, Calahorra ('Calahorra, Calahorra, que parece Guasintón, tiene obispo, casa putas y frontón'), Cartagena, Guadix, Jaca, Jerez, Mondoñedo, Plasencia, Santiago, Tarazona? Y, claro está, en Ciudad Rodrigo, que tenía obispo y estación de tren, lo que le da mucha categoría a un pueblo. Por eso cuando las inmensas máquinas de vapor, ya fueran de mercancías o viajeros, hacían su entrada en agujas el particular bocinazo se hacía presente con un toque largo, al que seguían dos cortos muy seguidos. Era un toque de respeto y reverencia a cargo de los maquinistas que llamaba la atención a quien no lo conocía y del que estaban familiarizados los lugareños. Era un toque que hace ya cuatro o cinco décadas se perdió y, ni siquiera, los maquinistas actuales saben cómo era lo que siempre se conocía como el toque del obispo. Fue una tradición ferroviaria, de tantas hermosas y pintorescas como es dueño este gremio, que como una hoja volandera se perdió y dejaba su recuerdo cuando las antiguas locomotoras entraban en agujas.

Fue una pena que sus ecos queden en la nostalgia y en alguna página del ferrocarril. Porque ahora en Ciudad Rodrigo, que hay un obispo cercano y moderno, lejos de los tópicos de los antiguos prelados, a lo mejor un día algún maquinista vuelve a recuperar, aunque no sea más que saludar a Raúl Berzosa, este obispo con el prototipo de un personaje del siglo XXI.

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