Lunes, 11 de diciembre de 2017

Salamanca marchosa

La "marcha" nocturna de la ciudad no es fruto de la época, sino de la iniciática condición juvenil.

Los jóvenes universitarios que hoy dan “marcha” nocturna a la ciudad son herederos legítimos de los antiguos estudiantes que llegaban al Estudio desde todos los puntos de España, dispuestos gozar de placeres mundanos en los intermedios de las clases, con igual entusiasmo que actualmente verbenean los jóvenes en sus ratos de ocio.

La ciudad renacentista ofrecía a los estudiantes todo aquello que la fuerza joven necesitaba para liberarse de calenturas y desatarse de cadenas domésticas, cumpliendo ritos iniciáticos eternos, desde que la costilla de Adán se transformó en tentación con faldas o sin ellas, pues todo vale para aplacar sudores “pillando” en la noche consuelo.

Entonces abundaban mesoneras dispuesta a sofocar ardores; costureras complacientes con los estudiantes que requerían sus favores; mujeres pecadoras en casas de mancebía que prestaban sus servicios a quienes tenían algo que darles a cambio de su entrega; chicas en esquinas y ocultos zaguanes complaciendo en la noche a estudiantes, pajes y servidores.

Otra gran afición juvenil eran las abundantes tabernas y los juegos de naipes. En cuanto a las primeras, los estudiantes pasaban en ellas mucho tiempo conversando, bebiendo vino y templando su cuerpo más de lo que éste podía digerir, hasta perder el buen juicio y el equilibrio estable sobre los pies.

En cuanto a los juegos de cartas, los más frecuentes eran el sacanete, la veintiuna y sobre todo la quínola, que ganaba el primero que reuniera cuatro cartas del mismo palo. Todo ello a pesar de estar prohibidos los juegos durante la semana, permitiéndoles solamente jugar los domingos a los bolos, la argolla o la pelota, pero nunca a las cartas, bajo pena de varios días de cárcel.

Los más entregados al estudio empleaban el descanso dominical para dar grandes paseos por la ciudad y sus alrededores o remar por el río sobre barcas alquiladas, entre los dos molinos emplazados en sendas orillas del Tormes, siendo el paseo más frecuentado desde la Puerta del río a la de Zamora, llegando algunas caminatas hasta Alba, donde paraban a comer antes de emprender el regreso a Salamanca.