Viernes, 24 de noviembre de 2017

¿A qué vas? Reflexiones vacacionales

No sé si soy un romántico empedernido pero siempre encuentro algo que recordar en los lugares, incluso en los “más feos”; un paseo, una luz, un barcito, gente…

Saben que el nacionalismo es un tema sobre el que suelo volver. Que parto de dos premisas: soy orgulloso charro de dos orillas y nunca he creído que nadie sea mejor que otro debido a su lugar de nacimiento… ni que haya lugares mejores; los suelos, suelos son… En eso me pongo a pensar, ya ven ustedes, cada vez que se me ocurre “presumir” algún merecido viaje vacacional. Y no aprendo.

Mi defensa ante estas situaciones, para no molestar, es poner cara de extrañeza… Pero la mente va aparte y claro, empieza, ella sola, a elucubrar… Y uno, a filosofar –para adentro, claro–.

En primer lugar, pienso en el evidente nacionalismo que hay en México y en España: en todo y en partes, no nos hagamos. Es más, ambos países tienen todo para ser todavía más potencias turísticas de lo que ya son: playas, cultura, buen clima… La diferencia, a mi modo de ver, es que, en México, los primeros que reniegan del turismo propio, o sea, de conocerse, son muchos mexicanos. En España, no tanto, creo yo.

Ya lanzado, desarrollo el  razonamiento; en la Madre Patria, para criticar un lugar, nos metemos con los naturales, al menos, mucho más que con el sitio; creamos o exacerbamos el estereotipo, nos burlamos, pero, en general, los lugares “salen vivos”. Es más común el “los… [ponga usted el gentilicio de sus obsesiones] son unos…”, que “… [ponga usted el topónimo que le parezca] es feo” “… [ponga usted el topónimo que le parezca] no tiene nada que ver”; como mucho, se ignora, no se menciona en las conversaciones o en los chistes.

En México, por contra, aunque hay alusiones a la gente –también hay “chistes de…”–, sobre todo se hacen burlas y críticas al sitio; si uno sacara conclusiones a partir de lo que le dicen muchos –ricos y pobres, cultos y no–, en México visitaría Cancún… y Miami, Las Vegas, Disneylandia…

Sí, lo he puesto así adrede.

No sé si soy un romántico empedernido pero siempre encuentro algo que recordar en los lugares, incluso en los “más feos”; un paseo, una luz, un barcito, gente… Por lo mismo, creo que ese desapego que los mexicanos tienen hacia lo que no terminan de ver como suyo –salvo que uno de fuera diga algo; aunque no sea crítica, será tomado como tal– da argumentos a los mencionados fuereños para “no ir”; en este caso, para “no venir”.

Yo, por eso, salvo que me afecte mucho, en la turisteada, como en las presentaciones de libros, si no puedo decir algo bueno, intento no decir nada, porque siempre puede pasar que en ese sitio tan “a-qué-vas-ahí” termine uno viviendo, por esas cosas tan extrañas que a veces tiene la vida.

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