Domingo, 17 de diciembre de 2017

Alimentando lluvias

Sin instrumentos, capaz de alimentar lluvias, caracolas y órganos; así es el dolor profundo de Miguel por la muerte de su querido José Marín o Ramón Sijé. Un dolor que germina en su vida y en su poesía y se hace visible en los brotes que son, en primavera, las palabras. El amor, la muerte y la vida reunieron su dolor en tres heridas y dejaron una cicatriz siempre visible en sus poemas.

Miguel Hernández tuvo su mejor alimento en la poesía: la vida, los libros, el amor, todo lo consumió con intensidad de párpado. Así fue su paso por el mundo, y así fue su vida: breve e intensa como la tormenta y el rayo, profunda y sin límites como el mar, llena de música, como el órgano de los órganos: el corazón.

Poetas, ilustradores, bibliotecarios, maestros, padres, educadores, hombres del tiempo, pescadores, hortelanos… todos deberíamos alimentarnos de lluvias, abrir como un paraguas los sentidos y disparar al cielo la mirada como hace Gómez de la Serna en una de sus greguerías. Así hasta que la poesía, la ilustración y la vida calen hondo en nuestro ánimo.

[Img #577694]Todo es posible con el aplauso de la lluvia en las aceras. Bajo la lluvia desplegaba un mapamundi Joan Brossa y bajo la lluvia deberíamos también nosotros desplegar nuestros sueños, echarlos a volar, acompañar al prójimo en su descubrimiento del mundo y de la vida, más allá de la muerte y de las lágrimas.

La lluvia es algo que, según Borges, siempre sucede en el pasado, pero su efecto, ya sea el poema, la nostalgia o un simple catarro, se manifiesta en el presente y el futuro.

Hace tiempo escribí:

 

Parte meteorológico

El tiempo previsto para mañana

es el futuro

 

Hablemos hoy del tiempo, como en los ascensores. Hagamos nuestra predicción. Juguemos a empaparnos de verbos y metáforas. Y aunque no sean buenos tiempos para la lírica, como decía Germán Copinni, o aunque la poesía haya caído en desgracia, como profetizaba Juan Carlos Mestre, conjuguemos nuestro tiempo y nuestros tiempos: yo lluevo, tú llueves, él llueve. Como dice Fernando Beltrán en un poema: “lunes, martes, miércoles, llueves…” Seamos cirros, cúmulos, nimbos. Descarguemos toda la intensidad de la poesía sobre nuestros mapamundis diarios, sobre lo que acontece en nuestra vida, a la intemperie, sobre el reseco y baldío corazón del hombre. Vivamos en la lluvia. Muramos, como Vallejo, en París, con aguacero. Cantemos a la Virgen de la Cueva.

 

La lluvia de enero

moja al barrendero.

 

Febrero y orvallo;

se empapa el caballo.

 

La llovizna en marzo

con la mano esparzo.

 

Cellisca de abril

salpica el mandil.

 

Chubascos en mayo

y en el cielo un rayo.

 

Nubarrada en junio

sobre el plenilunio.

 

Julio con galerna,

la mirada tierna.

 

La tromba de agosto,

sobre el frío rostro.

 

Septiembre sin aguas,

huelga de paraguas.

 

Tormenta de octubre,

el río aún no cubre.

 

Noviembre y turbión

sobre el corazón.

 

Diluvio en diciembre

para que no siembre.

 

Abramos los libros, busquemos en ellos lo necesario para la vida y la muerte. Convirtamos la poesía y la ilustración en un manual para saber del hombre.

Y aprendamos -después de las tormentas y rutinas- a mirar el cielo, a modelar con nuestra imaginación las nubes y disfrutar el don de la claridad como Claudio Rodríguez.