Miércoles, 20 de septiembre de 2017

La pitada

Los hechos se resumen en el afán evidente de cabrear para que haya bronca, salgan banderas y exabruptos y los hooligans de uno y otro bando puedan decir, ¿ves?, no ha cambiado nada

“Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”, dice un refrán bastante usado en México. Pues eso, que parecía evidente que el sábado, muchos iban con ganas de pitar al himno, tan evidente como que a muchos les convenía que pasara porque piensan en sacar tajada… En fin, que vivimos un tiempo de inmediateces bastante tontas, de salvados y sálvames, de oprimidos que tienen los euros suficientes para comprar unas entradas “p´al fulbol” y, seguro, haberlas pedido en euskera o catalá.

[Img #323328]Muchos salvadores hay, me parece a mí… Y mucha incoherencia… Es evidente que el himno, hoy por hoy, es de todos, al menos lo intenta; tan evidente como que, hoy por hoy, es bastante más difícil ser “españolista” en Cataluña o el País Vasco que “catalanista” o “vasquista” en el resto…

Desde luego, entrar con la senyera o la ikurriña en un bar pijo del Barrio de Salamanca va a provocar miradas y cuchicheos, como poco… Siendo honrados, si voy a determinadas zonas de España –díganles, regiones, países o como quieran– y digo que cada vez me cabrea más el nacionalismo, cualquiera, no creo que tampoco haga mucha gracia… O sea, que intolerancia hay en todos lados. No la defiendo, solo intento argumentar mi dificultad para comulgar con ruedas de molino.

En México me ha tocado cambiar la conversación más de una vez, porque aquí hay muchos vascos, catalanes, gallegos… Para que conste en acta algunos, no sé si muchos, se juntaron antes con fachas que con mexicanos… No todos, pero eso también lo he vivido, no me lo han contado. Y no son los únicos, judíos y árabes aquí compartían negocios, restaurantes…

Volviendo al himno, acabamos de ver que en la FIFA hay bastante cosas raras; por ello, podría entender la decisión de no participar en mundiales, pero me parecería absurdo ir a ver si ganamos, pero hacerles el feo en la ceremonia de inauguración.

¿No les gusta el Rey?, muy bien, renuncien a la copa; les puedo asegurar que habría mucho más eco para su causa. Pero hombre, ir a pelearla y no mostrar espíritu deportivo con la misma… Hasta los batasunos juraban “por imperativo legal”… Al menos, como público: ¿por qué no quedarse fuera del campo y entrar después, si tanto molestaba el himno? Porque a lo mejor se habrían perdido el golazo de Messi.

Insisto, mejor sería dejar de participar, comprometerse verdaderamente con la causa, si tan sojuzgados se sienten… Esto otro es afán evidente de cabrear a otros hooligans para que haya bronca, salgan banderas y exabruptos y puedan decir, ¿ven?, no ha cambiado nada, son casta, no nos quieren… Y Mas, con su sonrisita, hay que joderse. Pero tampoco compro la idea guerracivilista de que “nos odian”; quienes están aprovechando la circunstancia son igual de hooligans.

En fin que, quienes silban –sin correr peligro, ¿eh?, a nadie van a matar por silbar, ni siquiera meter a la cárcel–, a lo que para otros puede ser importante son, simplemente, unos hooligans… Y a los groseros, lo mejor es ignorarlos, no darles carrete.

Libertad de expresión, sí, pero también que conste en acta la grosería, porque, como sugería Unamuno (ver addenda): la mala educación nunca será una causa.

Addenda: “Venceréis, pero no convenceréis”

Unamuno y la Guerra Civil.- En los primeros tiempos de la sublevación de los militares el 18 de julio de 1936, Unamuno apoyó el levantamiento; incluso entregó 5.000 pesetas para los gastos de la guerra (todo un capital), a pesar de ser un conocido tacaño que se jactaba de no haber pagado en toda la vida un café a un amigo. Sin embargo, al poco tiempo, pasó a criticarlo abiertamente. Quizás influyeran en él los 503 fusilamientos de personas de izquierda (incluyendo el alcalde), que se producen en Salamanca.

En esta situación se encontraba don Miguel el 12 de octubre de 1936. Por eso no quería hablar en el Paraninfo, porque se conocía y no quería provocar tensiones ni problemas, ya que allí se encontraban: doña Carmen Polo (mujer de Francisco Franco), el obispo Pla y Deniel, el alcalde, el gobernador, el presidente de la Diputación y altos cargos militares.

Sin embargo, ante el discurso de los catedráticos, sobre todo de Francisco Maldonado de Guevara y más tarde de José María Pemán, Unamuno se puso de pie y dijo:

“Dije que no quería hablar porque me conozco. Pero se me ha tirado de la lengua y debo hacerlo. Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra civil. Nací arrullado por una guerra civil y sé lo que digo. Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión; el odio a la inteligencia, que es crítica y diferenciadora, inquisitiva, mas no de inquisición. Se ha hablado también de catalanes y vascos, llamándolos la antiEspaña; pues bien, con la misma razón pueden decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda la vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis. Ése sí es un imperio, el de la lengua española, y no...”

Millán Astray en ese momento se puso de pie y, con la mano enguantada, golpeaba la mesa chillando:

“¿Puedo hablar?, ¿Puedo hablar?”

De pronto alguien gritó: ¡Viva la muerte!, y el Paraninfo se quedó en un silencio sepulcral. Silencio que aprovechó Millán Astray para hablar:

“¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación! El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí. La carne sana es la tierra; la enferma es su gente. El fascismo y el ejército arrancarán a la gente para restaurar en la tierra el sagrado reino nacional. Cada socialista, cada republicano y cada uno de ellos sin excepción y, huelga decirlo, cada comunista es un rebelde contra la junta de Estado, que pronto será reconocida por los países totalitarios que nos ayudan, a pesar de Francia, la democrática Francia, y la pérfida Inglaterra. Y entonces, o inclusive antes, cuando Franco lo quiera y con la ayuda de mis valientes moros, que si bien ayer me destrozaron el cuerpo, hoy merecen la gratitud de mi alma por combatir a los malos españoles, porque dan la vida por la sagrada religión de España, escoltan al Caudillo, prenden medallas y Sagrados Corazones en sus albornoces...”

Millán Astray se calló y se puso en posición de firmes, porque iba a hablar Unamuno:

“Todos estáis pendientes de mis palabras. Todos me conocéis y me sabéis incapaz de callar. No aprendí a hacerlo en mis setenta y tres años (se equivocó porque tenía 72 años y no llegará a cumplir los 73). A veces callar significa mentir, porque el silencio puede interpretarse como aquiescencia. Yo no podría sobrevivir a un divorcio entre mi conciencia y mi palabra, que siempre formaron una excelente pareja. Voy a ser breve. La verdad es más verdad cuando se manifiesta desnuda, libre de adornos y palabrería.

Quisiera comentar el discurso, por llamarlo de algún modo, del general Millán Astray, quien se encuentra entre nosotros. Dejemos aparte el insulto personal que supone la repentina explosión de ofensas contra vascos y catalanes. Yo nací en Bilbao, en medio de los bombardeos de la segunda guerra carlista. Más adelante me casé con esta ciudad de Salamanca, tan querida, pero sin olvidar jamás mi ciudad natal. El obispo, quiéralo o no, es catalán, nacido en Barcelona. Acabo de oír el grito necrófilo e insensato de ¡Viva la muerte! Esto me suena igual que ¡Muera la vida! Y yo, que me he pasado toda la vida creando paradojas que provocaron el enojo de quienes no las comprendieron, he de deciros, con autoridad en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador, entiendo que fue dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. ¡Y otra cosa! El general Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Esa un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente hay hoy en día demasiados inválidos. Y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Millán Astray pueda dictar las normas de sicología de las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido como dije, que carezca de esa superioridad del espíritu viendo cómo aumenta el número de mutilados alrededor de él. El general Millán Astray no es uno de los espíritus selectos, aunque sea impopular o, quizá por esa misma razón, porque es impopular. El general Millán Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa, sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía ver a España mutilada, como inconscientemente lo dio a entender...”

En ese momento Millán Astray no pudo aguantar más y gritó:

“¡Muera la inteligencia!”

José María Pemán le corrige y dice:

“¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!”

En la sala se armó un escándalo mayúsculo, pero la voz de Unamuno desde arriba se impuso sobre el tumulto:

“¡Éste es el templo de la inteligencia! ¡Y yo soy su sumo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España. He dicho”.

Al terminar de decir esto se bajó del estrado. Entre el tumulto y los puños alzados le cogió un brazo Esteban Madruga y le dijo a Carmen Polo que le cogiera del otro y acompañado de los dos salió a la calle e inmediatamente lo llevaron a su casa. Ese mismo día por la tarde fue al Casino, pero le echaron a voces. Unos días más tarde le expulsaron como concejal del Ayuntamiento y como rector de la Universidad. Murió a las 16.45 horas el 31 de diciembre de 1936. Su féretro lo llevaron a hombros los falangistas.

Tomo esta entrada del Diccionario curioso de Salamanca, con textos recopilados por Rubén D. L. Martín Vaquero y Miguel A. Rodríguez García (Lletra, 2002).

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