Sábado, 16 de diciembre de 2017

El reencuentro con uno mismo

La fotografía tiene muchas aristas y dobleces. Su condición de atrapar la luz y grabarla en una superficie va más allá del mero hecho de la toma, pero para que esto sea posible, necesita de la mirada de alguien que la vea como lo que es: una representación de un momento en la vida que trasciende más allá de la propia superficie del papel fotográfico.

A pesar de que los acontecimientos se superponen cada semana y de que no tendría días suficientes para hablar de cada uno de ellos. A pesar de que los casi 1000 muertos (asesinados) del mediterráneo hiedan, o que los hilillos del nuevo Prestige estén llegando a las costas canarias, o que el ex vicepresidente “milagrero” R.R. sea detenido “aguchándole” la cabeza y puesto en libertad a las pocas horas para seguir riéndose de todos los que pagamos religiosamente cada día y cada año con dinero que se queda aquí. A pesar de que el ministro actual de la cosa mande a un subalterno impresentable a decirnos que lo tiene todo y más y que aun siendo “la repera patatera” no nos va decir quienes son los que nos roban, haciéndolo sin despeinarse ¡oiga! y sin dimitir, ni él ni sus jefes,  y contribuyendo al mayor descrédito conocido de desde que a este país algunos le  pusieron el adjetivo de democrático. A pesar de que todo esto tenga la misma raíz, que no es otra que distraernos de las causas reales de todos estos acontecimientos para seguir robando a manos llenas y metiéndolas en los recursos del tercer mundo africano corrompiendo a sus gobernantes y haciendo que la gente quiera huir de esos avisperos sin un ápice de seguridad para sus vidas o vendiendo armas a oriente medio o utilizando barcos en malas condiciones que pueden tener accidentes que se lleven al fondo del mar los proyectos de vida de quienes desean escapar a un futuro incierto propiciando unos cuantiosos beneficios a los verdaderos causantes de tanta desgracia que ingresan en bancos como dinero B, o C, o D, con el consentimiento y complicidad asesina de todos los estados democráticos que en el mundo son. A pesar de Trillo, Pujalte, Herrera y su gobierno en la corrupción eólica en Castilla y León. A pesar de que el día que se publique este artículo -domingo 26- podría existir la remotísima oportunidad de que fuera leído por Mariano Rajoy en su inútil visita a Salamanca para vender la moto del empleo juvenil en una provincia en la que la mayoría de los jóvenes o están de paso o viven más preocupados por las fiestas y/o por emigrar, una provincia, por tanto, envejecida, en la que la que la mayoría de la población tiene más de 50 años, y a pesar de todo ello, digo, hoy voy a hablar del reencuentro inesperado con algo querido tiempo atrás.

Resulta que en los años en que terminaba el pasado siglo me dio por recorrer la provincia para tener constancia visual de aquello que a mi me parecía que se iba acabando y que nunca volvería, paisajes que han sido ocupados por urbanizaciones despiadadas, pueblos llenos casi exclusivamente de viejos, pero aún con vida, o actividades rurales que estaban en trance de desaparecer poco a poco. Todo aquel trabajo se tradujo en una exposición que algunos de los lectores habrán visitado titulada “SOMBRAS DE LA MEMORIA” y que ha recorrido buena parte de los pueblos salmantinos. Como posible solución a tanta diáspora y abandono, uno de los temas que fotografié entonces fue el la infancia en un deseo, más que ilusorio, de que esos niños se transformaran algún día en jóvenes arraigados en su tierra para poder seguir teniendo sangre nueva que tanta falta nos hacía ya entonces.

Uno de esos niños que fotografié y que por azar de la vida o posibilidades económicas de montaje no figuró en la exposición anteriormente aludida, se llamaba, y creo que sigue llamándose, Daniel. Lo vi jugando con un cochecito detrás de una cortina te tiras de plástico en Vilvestre, su familia me dejó hacerle la foto, y cuando al poco tiempo volví para recoger un premio de un concurso en esa localidad, les llevé una copia realizada en blanco y negro en mi laboratorio con el agradecimiento consiguiente y firmada convenientemente. Me recibieron con elogios para la foto y me invitaron a pasar a su casa para agasajarme con algo de comer y beber, fue un encuentro muy agradable, como lo fue también la despedida. Desde entonces no he vuelto por Vilvestre y a Daniel y a su familia les perdí la pista, así como a la foto que les regalé con todo el cariño del que fui capaz de transmitirles hasta que ayer jueves, cuando abrí mi Facebook apareció la foto Daniel por partida doble, una ajada y doblada, y otra convenientemente retocada, la foto antigua afortunadamente no se ha puesto amarilla, señal de que estaba bien revelada y convenientemente fijada y con una leyenda a pie de foto: Mirada en Vilvestre. A Daniel con afecto. 1/5 Victorino García. Al verla, me dio un vuelco el corazón ¡vaya! ¡La foto que hice a aquel niño hace años en Vilvestre! me dije. Miré a ver quien la había colgado en internet y su nombre no me causó sorpresa: Curro Mesa, fotógrafo venido al mundo rural desde Madrid, al que admiro profundamente por su buen hacer y compromiso, alguien se la había dado para que la retocara y una vez hecho puso ambas en la red para que las viéramos y apreciáramos la diferencia una vez devuelto el aspecto original.

La alegría del reencuentro fue inmensa, ya que fue como ver a un hijo que hubiera estado perdido durante casi veinte años. La miré y remiré, reconocí el momento del disparo como si hubiera sido el instante mismo, pude [Img #289897]reconstruir en una fracción de segundo el antes el después de la foto, esta una de las cualidades que distingue al arte fotográfico de otros: su relación directa con el tiempo pasado. Allí estaba Daniel, igual que hace años, con esa mirada entre la curiosidad y el recelo que tienen los niños cuando no conocen al intruso que se arrima con una máquina de hacer retratos y con aparatosos objetivos, poco frecuente por entonces. Daniel ocupa el centro de la fotografía sentado en el umbral de una puerta de madera de doble hoja, a caballo entre la luz suave del atardecer del exterior y la oscuridad del interior, mirando directamente al objetivo con unos ojos maravillosos entre una maraña de tiras verticales de plástico de una cortina rayada, llevaba un “niki” con motivos infantiles y pantalones cortos y su mano izquierda avanza hacia el exterior como presumiendo de un reloj marca Casio -ya entonces digital- y mientras se apoya con ella en el suelo, con la derecha, se protege levemente de mi intromisión con una sola de las tiras de la cortina, a la vez que chupa el extremo de otra en un acto que delata su, todavía, condición infantil.

La composición, tal como está ahora, se me antoja que no es perfecta, para serlo, debí dejar algo más de espacio por encima de la cabeza del niño, de hecho, a la foto le falta el margen superior debido a que alguien la ha cortado por arriba. La rotura de la monotonía vertical de las tiras de la cortina con la cabeza y la mano abriéndose paso y haciéndose hueco entre ellas, sirve para dar más fuerza a la mirada del niño que es tan profunda que no deja ver el pequeño defecto antes señalado. Me recuerda esas fotos de niños solitarios que hay en otros países cuando las adversidades que les rodean les son profundamente ajenas como ininteligibles. No me viene a la memoria el motivo concreto por el que no fue seleccionada para la exposición y sí otras que hice ese mismo día y que ahora que la veo no me parecen tan interesantes como esta, pero supongo que fue por respeto hacia su persona -la fotografía de niños puede ser muy problemática- así que, desde entonces, ha estado al otro lado del umbral de la puerta donde fue realizada, inmersa en la casi completa oscuridad, a partir de hoy ocupará el sitio que le corresponde: el del lado de acá del umbral, mostrándose reluciente, sin dobleces ni roturas, el lugar que es intrínseco a su propia condición como FOTO que es, el de la LUZ (con mayúsculas), la misma que debieran tener todos los acontecimientos arriba señalados para terminar de poner las cosas en su sitio.

P.D. Desde aquí quiero agradecer a Daniel por querer rescatar esta foto y devolverle toda su plenitud, a su familia por dejarme hacerla en su día y a Curro Mesa por provocar, con casualidad incluida, esta maravillosa oportunidad de reencontrarme con una de mis fotos y conmigo mismo. Habrá que celebrarlo con buen vino de Las Arribes.