Martes, 30 de mayo de 2017

Semana Santa

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Quizá la característica humana que más nos distingue de los animales es la capacidad para intuir el futuro. Para representarnos lo que puede suceder. Para hacer planes y también para suponer los planes que otros tienen para nosotros. A veces proyectos no siempre halagüeños o prometedores. Por eso mismo se considera que la angustia es una marca propiamente humana. Como la inteligencia. Como la bondad. O como la maldad.

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Allí, en el huerto de Getsemaní, un hombre común y propio –tan propio como divino – repasa su vida y adivina las horas terriblemente amargas que le esperan.

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La angustia nos señala como humanos. La libertad nos certifica. Prisión, desprecio, tortura, sufrimiento infinito y muerte tan cierta como espantosa. Un panorama que todo el mundo desearía apartar de sí.

Y así la vida es un eco que rueda por el vacío y que arrastra consigo al hombre que ve, violentamente, los ojos de Jesucristo sobre los suyos, la Cruz como su propio sufrimiento.

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Y como quien acaricia la brisa de la mañana adivino en el gesto de la piedra en el sonido, dulce, de la mañana, en el aire que acaricia mi cara,cuando pasa cerca de mi ese manto de dulzura, que me entrega la paz y los sueños de este cielo, en mi ciudad de cristal y de luz.

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