Miércoles, 20 de septiembre de 2017

Solo un café solo

El otro día, unos amigos mexicanos que acaban de estar en España me reclamaron que ya, hasta allá había que explicar cómo quería uno el café…

Con estos amigos, solemos burlarnos del establecimiento de la sirenita porque, si bien ha puesto de moda “el café” en un país donde se producía pero no era fácil degustar uno decente –más allá del soluble y de los diferentes aguachirles oficinescos–, no deja de ser un establecimiento “alla gringa”, es decir, que en esos cafés sirenitescos, les digo, uno pide su “bebida” a jovencitos y jovencitas monísimos y sonrientísimos que te preguntan tu nombre y luego luego –mexicanismo de hoy– te ensartan el diminutivo que les parece… Y lo que pides es, por ejemplo, un “capuchino venti”, o sea, una “bebida” nombrada en ese italiano medio inventado –o más bien a medio inventar, me queda claro que a Chomsky no le pidieron consejo–; perdón, pero esas órdenes no se pueden comparar con los autóctonos “con leche corto de café en vaso” y demás torturas que se crean en las oficinas y comercios españoles para hacer sufrir a los abnegados trabajadores de nuestra golpeada hostelería…

Les dije eso a estos amigos y me dijeron que no, que ya varios camareros –mis paisanos mexicanos decían meseros, pero ya traduje, de nada, para los lectores salmantinos– les ofrecían variedades “de las modernas”; ahora que vaya –pronto, pronto– lo comprobaré con mis propios oídos; pero bueno, la charla me dio pie para escribir sobre el tema, y no es la primera vez que lo hago.

Vivimos una modernidad que nos hace muchas trampas… Y creo que esta es una de ellas… El café, en vez de globalizar nuestra pausa, la calma, el aroma, el disfrute de la charla –de mesa o de barra, con amigos, conocidos o con el de turno–, a lomos de la sirenita se ha salido a la calle y se ha asentado en la oficina…

En vez de quedarse en el Central Perk –ahora que de Friends también hace ya 20 años– y en taza de porcelana, ahora va en contaminantes vasos de productos no sé qué tan biodegradables –imagino que bastante, porque esta gente, eso sí, conciencia tienen mucha– a ritmo frenético por la calle…

Yo, que lo respeto todo, en lo de la oficina caigo –y mis compañeros suelen mentar madres cuando yo pongo la cafetera, porque sí se ve casi negro y no marroncito claro–; pero sigo negándome a la calle y el vaso desechable; caminado, me podrán ver comiéndome una raqueta o una empanada de La Industrial, por ejemplo, pero el café, sentao, a ser posible, con alguien conocido, aunque sea por escrito; eso sí, a veces, si no me queda de otra, me lo tomaré donde la sirenita, porque, lo confieso, tiene algo que no abunda en México: nadie te suele molestar… a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de lugares, porque los meseros mexicanos –por aquello del 10 por ciento, por lo menos, de propina– suelen ponerse muy pesados con quien solo está solo tomándose un café…

@ignacio_martins

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