Miércoles, 22 de noviembre de 2017

Animales

Cada vez estoy más convencido de que, en estos tiempos de corrección política, predomina la prohibición sobre la regulación. Tal vez tenga que ver con que creo que vivimos una época que, en muchos sentidos, defino como “de adolescencia sociológica”. Y si somos una sociedad “adolescente”, es lógico que requiramos límites: la propia rebeldía adolescente, casi siempre sin saberlo, o sin darse cuenta los pide.

En ello pienso cada vez que sale algo nuevo sobre la última boutade –lo siento, en general, eso me parecen la mayoría de las propuestas– de la izquierda de derechas que me toca sufrir por acá. No tan diferente de alguna que está apareciendo en otros lares…

Les pongo en contexto: en México hay especies endémicas: plantas, animales… Una de ellas es el PVEM, el partido verde de acá, que defiende la pena de muerte y condena la regulación del aborto.  Lo lleva una familia desde hace décadas –razón de más para que no fuera tomado en serio–, pero resulta que sí, que consigue votos –los sigue consiguiendo, algo falla–, tiene buenos contactos y, de vez en cuando, sale con alguna “propuesta” que algún partido más grande “le compra” –el voto legislativo es la moneda de curso legal en esta transacción–.

La última del Verde ha sido el “circo sin animales”; mucho ruido y hala, cambio legal aprobado por la “izquierda” que gobierna esta capital; obviamente, esto provocó manifestaciones de cirqueros, muy entretenidas, eso sí.

A ver, insisto –y a la vez me explico–: regulación, siempre, legal y de las propias vida y costumbres; del tiempo, pues. Si el circo ya no gusta, se acabará por sí solo; sin embargo, mientras sea una empresa legal, ¿por qué castigar al que cumple la ley? Si la misma es laxa, hagámosla más dura, pero si alguien quiere tener un león y cumple con todo lo que se le pida, ¿por qué decidir, de un día para otro, que ya no puede? El argumento de la crueldad, perdonen, no me convence; no veo por qué es menos cruel tener caballos para que corran o salten con alguien encima, o perros para que corran… O perros o gatos en viviendas sin jardín… Incluso con él… No he visto todavía encuestas a estos seres vivos que me demuestren estas percepciones del sufrimiento… Desde luego, los caballos y perros de carreras, las peceras y las cajas con arena, no creo que sean el epítome del trato justo…

Hace tiempo escribí de la aberración que me parecía que los mismos que prohibían las corridas –de toros– percibieran como manifestación cultural correr delante de esos animales, si llevaban teas en las astas… Más de uno, entonces, hablaba de que las dichosas antorchas de los correbous estaban reguladas, en medida, en el tiempo que podían estar puestas en el animal… Mira por donde, semejantes argumentos de tan eximios promotores de vida y cultura siento que me dan la razón. Por lo mismo, como a mí me sigue pareciendo aberrante, dudo mucho que alguien pueda verme de cerca en esas “fiestas”; sin embargo, deseando que se acaben, de momento, se seguirán celebrando, porque hay quien las disfruta… Algunos llaman a eso el espíritu de la ley; otros, simplemente, lo ven como muestra de respeto, o tolerancia.

@ignacio_martins

www.ignaciomartin.com

https://www.facebook.com/ignaciomartinescritor