Miércoles, 22 de noviembre de 2017

Hablando se entiende la gente

También podría haberse titulado: ¿cómo es correcto?, ¿cómo se dice?, ¿cómo indica la Academia que debe ser?

Les cuento que tengo unos amigos que todo lo que tienen de cultos –y no es poco– lo tienen de jodones, así que saben que una charla que empiece con una de esas preguntas, va a terminar conmigo embasiliscado y ellos burlándose.

Pero claro, uno, al cabo de ir a la fuente tantas veces, o de no ser arisco pero sí mula, termina teniendo un día epifánico –suele coincidir con uno en el que las copas fueron menos–. Eso me pasó hace poco; me di cuenta de que, al menos en México, la relación con la autoridad –en este caso la Academia– suele ser solo buscando que nos dé la razón; si no, rebelión…

En general, la gente no usa el diccionario –no ocurre con mis personajes de hoy, cultos y bastante omniscientes– pero, cuando lo usa, es buscando confirmaciones, no respuestas. O sea, que me diga que yo estoy bien y el otro mal. Es común con cuestiones de uso, esas palabras más comunes en el español de un lado que en el de otro. Y así, en España usamos barbarismos porque decimos aparcar –aquí, estacionar–  o los estacionamientos de allá están indicados por la P –de parking–. Otro ejemplo es el vaso con agua; no pocos clasemedieros aquí van a mostrar conmiseración cuando uno pide un vaso de agua, porque ellos saben que es “con agua” –¿cómo va a ser de agua, si a leguas se ve que es de cristal?–; ¿ir al diccionario a ver qué me dice de las preposiciones?, ¿como por qué?, ¿a cuál diccionario?

En este caso, como los puristas no solemos ponernos como tal, nos reímos, para dentro,  y no corregimos, sufrimos nosotros, un poco, pero el idioma no; es decir, hay comunicación, nos entendemos, pues.

Lo mismo pasa, por ejemplo, con aparcar y estacionar, o con tráfico y tránsito; palabras que, en algún momento, alguien tomó de otro idioma y se pusieron de moda en un sitio y no en otros, hasta que se volvieron de uso en ese sitio pero no en los otros; sin embargo, a cualquier hablante que llega de otro país, no le dificulta la entendedera.

Por eso, uno se pone purista nomás con “reglas” que sí afectan al idioma, como abusar de las mayúsculas, no darle importancia al acento o decir accesar* en vez de acceder, aperturar* en vez de abrir, recepcionar* en vez de recibir…

Y bueno, uno se pone purista, sobre todo, si quien usa palabros de tamaña laya te acaba de ver con sonrisita sardónica cuando pediste un vaso de agua. Si no es el caso, si son los amigos jodones cultos, uno, simplemente, se ríe, por mor de la precisión.

PD: Aprovecho para compartir mi última publicación, Panfletario; poesía, en edición digital... Todo suyo...

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