Viernes, 22 de septiembre de 2017

El Rey

Nací por las épocas en las que empezó a “aparecer”, porque Franco lo “designó” y, por lo mismo, nadie daba entonces un duro –de los que todavía llevaban la cara del dictador– por “el Juancar”, “el Borbón” o “El breve”, calificativo que me ha hecho gracia encontrarme hoy, actualizado.  Y es que está bien leer tuits, pero también prensa… Y libros de historia…

No me quiero ir por las ramas; vuelvo a la crónica de una nostalgia: mis primeros recuerdos son del 75, del Franco de blanco y negro y el Rey en color –recuerdo verdes, rosas, azules…–, en el Congreso; me acuerdo también de aquel discurso de investidura impreso en el mismo papel y casi con los mismos colores que el testamento de Franco; el del Rey, un buen rato lo tuve en mi habitación, como póster… No daré más explicaciones, es autobiografía, y punto pelota.

También tengo remembranzas mitomaniacas de esos años; ver a los Reyes en el balcón de la Plaza Mayor en la que, imagino, fue su primera visita; verlos, “de muy cerquita”, una vez en el Fonseca, porque ahí hacían parada y fonda –de caché–.

Ese rey joven y de buena presencia, con prestancia, pues, era padre de, entre otros, un “chaval de mi edad” que, por lo mismo, salvando todas las distancias que se quieran, recorrió, como yo, caminos con alguna similitud, hasta lo de salir –él a estudiar, a empezar su “carrera de rey”; yo después, a buscarme la vida–.

Lo primero que pensé la mañana del lunes es en el tiempo; recuerdo “todo” el reinado de Juan Carlos I porque yo en 1975 ya era mayorcito –siete años–; y claro, ver que eso que recuerdo ocupa casi 40 años… Pues eso, sentí cómo salieron, de golpe, 10 o 12 canas…  más.

En el camino al trabajo, me enervó un comentario de un periodista, un dizqueizquierdoso mexicano: a ver si los españoles “llegaban por fin a la democracia plena”, dijo; o sea, el pobre insinuó –qué coño, no insinuó, dijo– que Gran Bretaña o Suecia no son democracias plenas…

Nota al margen: la elipsis es parte del lenguaje y un periodista debe saberlo, o sea, si alguien, por tener monarquía, no es plenamente democrático, entonces eso se aplica a todos… Y coño, si así piensan, que se lo hagan mirar.

Disculpen el calentón: aunque soy racionalmente republicano –es decir, si lo razono, por supuesto que creo que nadie puede ser jefe de estado por ser hijo de…–, también sé que, por ejemplo, en México el presidente es, en muchos sentidos, más rey que el Rey…  Aunque lo cambien cada 6 años.

Sé que todo cambia, me lo dijo Mercedes Sosa, pero noto un tonito perdonavidas y apocalíptico –gajes de la época tuitera, es imposible razonar a hashtagazos y en 140 caracteres– que pues tampoco; pidamos república, bien, pero reconociendo que, en España, la monarquía ha servido de camino –hubiera habido otros, por supuesto– para una democracia “bastante” decente y un país del que me siento razonablemente orgulloso. Un país al que, desde lejos, sigo intentando aportar… Como hago con este en el que vivo, que también es mi país.

Dejo la enésima digresión y vuelvo a la crónica nostálgica. Desde luego, les cuento que llegando al trabajo ya fue otro el tono que me encontré: preguntas, comentarios, por supuesto, bromas (yo el primero que las hizo, coño, que es ley de vida).

Por eso, lo que siento es nostalgia, ya les dije; y noblesse oblige, buenos deseos, para el que se va y para el que llega; incluso, estoy de acuerdo con el agradecimiento de Rajoy, sin que sirva de precedente, don Mariano; hubiera habido otros caminos, sí, pero este funcionó, insisto, razonablemente bien… Y eso hay que agradecerlo. Por eso, la misma expresión sirve de bienvenida afectuosa al de mi quinta y de despedida al que se va: que le vaya bien, Majestad…

 

@ignacio_martins

 

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