Lunes, 20 de noviembre de 2017

Regreso al MODO de México

Publiqué en Diario de Salamanca hace un ratito, un texto sobre ese museo; como el MODO, así, con mayúsculas, sigue vivo –al igual que la exposición que contiene–, quiero volver a contarlo, por si hay lectores nuevos… Espero que sepan disculpar este afán de dejar testimonio de algo que, les aseguro, me impactó.

MODO son las siglas del Museo Objeto del Objeto… Cómo les digo… un museo “de nada” que me dejó en shock como hacía mucho no me pasaba.

El museo es, en sí, como su nombre lo indica, un objeto; una hermosa casa en la colonia Roma, un barrio de México que siempre me ha parecido muy parisino… sin dejar de ser mexicano. Y a todos los visitantes les suele parecer lo mismo, uno de esos sitios que uno visita paseando, sin buscar nada en específico.

Resulta que en el MODO (elmodo.mx) se puede ver ahora una exposición sobre relaciones rotas… La base, la idea, es croata –en Croacia hay un museo así, de amores rotos, y parte de su colección se puede disfrutar ahora en México, con añadidos mexicanos–. Esos elementos autóctonos, explican los curadores –dícese de aquellos a los que en España se les dice conservadores… de museos– los solicitaron cuando preparaban la muestra… y se vieron desbordados, tanto que, nos explicaron, en los tres meses que durará la exposición, cambiarán las piezas, por lo menos una vez…

Me refiero a piezas de museo, claro que sí; claro que esas “piezas” son: paletas –piruletas– con notitas, regaladas a una novia que se mordía los labios por ansiedad, para ayudar a que dejara de hacerlo; roto el amor, quedaron como recuerdo… Y llegaron al MODO.

Otra “pieza” es una cámara con un rollo –carrete– con las últimas fotos que recuerdan un amor que alguna vez fue y que dejó de ser pero que, en las fotos, sigue siendo. Vamos, como la vida misma.

Desgarrado, y desgarrador –yo lloré, lo confieso– es el espacio que ocupa la ropa de un joven muerto, cuya madre guardó, tal y como se la entregaron en el hospital al que llegó a buscarlo y ya… no pude seguir leyendo, les digo, se me saltaron las lágrimas; que se cambiaron por sonrisa delante de coches de juguete, discos… Y casi carcajada ante una serie de sujetadores –aquí, brassieres– con notas de amor y deseo, lujuriosa arrogancia ante la ausencia…

Por supuesto, para un buen purista que se precie de tal, nada de ello parece digno de estar en un museo; ¿cuáles de esos objetos valen más que una mañana de domingo en la que pudiera estar viendo algún Greco, por ejemplo, que aquí los hay?, o una buena película, un ballet…

Quizá lo que me dejó en shock es ese valor de lo que “no vale” pero cuesta mucho; ya les digo: esas “nadas”, juntas, se vuelven –se me volvieron, al menos– todo: vida, la de uno, la de otros... Vida.

Cada uno de esos recuerdos, cada “nada”, tiene junto a ella una historia, a veces verdaderos poemas; otras, textos redactados por quienes quieren, simplemente, curarse y nunca pensaron en tener lectores… Y uno, que escribe, los lee con envidia, porque ese museo, esas piezas, tan “nadas” y tan historias, se vuelven, juntas, un todo que, les aseguro, es uno de los mejores poemas que he leído en mucho tiempo.

 

@ignacio_martins

www.ignaciomartin.com