Miércoles, 22 de noviembre de 2017

Bien comidos, bien bebidos (crónica de viaje)

Para Faustino y Sagrario, mis padres… Y para Pilar, por aguantarnos

Ahora que tengo a la familia de visita, aprovechamos, Pilar y yo, para sacarlos de paseo y, como me tocó trabajar en vacaciones, aprovechamos, sobre todo, para comer en sitios con algo especial… Y de esos, esta ciudad magnífica tiene unos cuantos. “La Casa Portuguesa” es un pedacito de Lisboa, de Oporto, de Aveiro, en pleno Polanco. Lugar no muy grande, aceptable de precio –está en uno de los barrios más caros, rodeado de restaurantes, esos sí, prohibitivos–, ofrece la opción de comer bacalhau a bras, entre otras muchas variedades, regado con vinhos do Alentejo, por ejemplo.

“San Ángel Inn” es otro sitio, este plenamente mexicano, donde uno puede disfrutar de los que para algunos amigos –y me incluyo– son los mejores martinis de México –ojo, martinis, o sea, el cóctel jamesbondesco, no el vermú–; el restaurante se ubica a pocos metros del Periférico –una vía rápida– pero es un verdadero remanso de paz escondido en una casa que tiene sus buenos 300 añitos de vida.

El “Bellini” es otro de esos sitios únicos, en sentido literal: un restaurante giratorio ubicado en lo alto de un edificio pensado en los 60 y terminado en los 90; en poco menos de dos horas, “das la vuelta” a la Ciudad de México mientras comes.

Por supuesto, no vayan a pensar que ando de presumido, no son los sitios más baratos pero tampoco hay que empeñar hasta al perico para ir; ventajas de vivir en economías emergentes…

También ha habido lugares populares, aunque no tantos como los que vivimos aquí quisiéramos, porque en muchos de esos la tortilla de maíz –a lo que la “españoliza”, en general, tarda en acostumbrarse o no se acostumbra nunca– es ingrediente ubicuo. Pero bueno, ejemplo de lo “mexicano, mexicano” es un lugar de carretera, “Los 4 vientos” –aunque ya no se llama así, es como lo conoce todo el mundo–, donde se disfruta una cecina de Yecapixtla –carne muy jugosa, les aseguro– al que, con todo y la tortilla, mis padres fueron a la ida y a la vuelta –porque lo pidieron– de un viaje. Y me faltó llevarlos a la Barbacoa de Santiago, otro sitio que tiene una carne de carnero exquisita, pero es camino de Querétaro y esta vez no tocó ir para allá. Volviendo a “Los 4 vientos”, es un sitio de mesas largas, que obligan a la convivencia con desconocidos, y cuyo estacionamiento es todo un estudio sociológico de México, puesto que los júnior de descapotable conviven con la familia de vocho (escarabajo). Para un país de tantas desigualdades, todo un ejemplo.

Otro lugar de carretera, este camino a Toluca, es “La Escondida”, un rincón alpino donde no se come mal pero que, sobre todo, ofrece la discreción necesaria para que, como nos explicaron, sea regido por la regla no escrita de que, de lunes a viernes, se va “excepto con la familia” y los fines de semana… se quita el excepto.

En fin, como les dije, me tocó trabajar durante esta visita familiar, ¿pero a que alguno de los sitios se les antojó? Pues nada, nada, mis queridos charros, cuando vengan a México, avisen y, si se puede…

Por si fuera poco, estoy escribiendo esto en Lunes de Aguas… Y hartándome de ver hornazos en las redes sociales… Tengo un hambre…

@ignacio_martins