Miércoles, 22 de noviembre de 2017

Protagonistas de la Literatura (¡vaya añito!)

Como dice mi amigo Gabriel Díaz, creo que parafraseando a alguien a su vez, cada vez se muere más gente que no se había muerto nunca. Creo que es parte de hacerse mayor, pero vaya, desde diciembre, creo, la Parca, la Huesuda –mexicanismos de hoy– se está ensañando con las letras, con todo y el IVA a tope.

Con los últimos, con el Gabo –mira, tocayo del citado maestro Díaz– y Emmanuel Carballo, me unían un par de cosas.

Con el colombiano, una de ellas era que ambos elegimos México como patria chica, o grande… O, más bien, permitimos que México nos eligiera como hijos adoptivos. Otra conexión con el colombiano es que, en algún momento, ambos estuvimos en hospitales del DF y yo, de broma, decía que, por lo menos, ya tenía enfermedades de escritor, porque “disfrutábamos” de similares padecimientos.

No me estoy colgando, no vayan a pensar; estoy convencido de que una vez lo vi en una papelería junto a mi trabajo, porque él vivía cerca, pero las cochinas dudas no me dejaron acercarme a preguntarle, a pedirle una foto, algo. O sea, entre los hospitales y ese encuentro desencontrado, tuve mi personal dosis de realismo mágico, además de la que me regaló en sus libros, presentes hasta en el cine, y no hablo de las películas. En el momento que supe de su muerte, recordé una película, Serendipity, comedia romántica de hace unos años, con John Cusack y Kate Beckinsale, en la que El amor en los tiempos del cólera, como libro, es protagonista. Ya sé que no queda muy intelectual, pero así funciona el realismo mágico, o lo real maravilloso.

A Carballo sí lo conocí, estuve incluso alguna vez en su preciosa casa de Cuajimalpa, porque era el esposo de una gran cuentista, y maestra, Beatriz Espejo, que incluso fue la directora de tesis de Pilar, mi esposa.

Lo real maravilloso, que dijo Carpentier. Ahora, en sentido negativo, porque maravillosa, por extraña, parece esta saña fúnebre con la gente de letras, con esos compañeros de vida a los que uno, sin conocer, sentía cercanos porque lo habían acompañado en momentos puntuales, o porque estaban ahí, siempre que uno volvía a ellos.

Ya les digo, se me van los verbos al pretérito, también creo que tiene que ver con eso de hacerse mayor, con la propia y personal conciencia del tempus fugit

Y encima, para acabar de mezclar literatura y realidad, tiembla, y fuerte, mientras estoy escribiendo (parte de este artículo, la referente a Gabo, la estaba escribiendo el Viernes Santo).

Mejor concluyo esta especie de planto melancólico. El caso es que se nos están yendo muchos, aunque no debemos olvidar que se quedan, que no se van del todo… Leámoslos, a todos, a los vivos en vida y a los vivos en obra… Siempre será el mejor homenaje.

 

@ignacio_martins

 

 

Ignacio Martín

www.ignaciomartin.com                                            Charro de dos orillas