Miércoles, 18 de julio de 2018

Una niña ejemplar

Era una niña. Era una buena niña. Era respetuosa y obediente con sus padres, con sus profesoras. Era educada con los vecinos. Era buena con sus hermanos. Era una niña buena. Las monjas de su colegio decían que siempre se portaba bien en clase y con sus compañeras, que era una niña responsable y ejemplar.

Le gustaba ir al cine con su madre y sus hermanos. Algunas veces también iba su padre si su horario de trabajo lo permitía. En los años 60 solían poner “programa doble”. Dos películas, más el Nodo. De Marisol, de Pili y Mili, de Disney cuando Disney era “un nombre” y no un apellido, antes de llamarse de primero Factoría. De pronto ya tiene edad -quizás diez años- de llevar, a su cargo, a su hermana y alguna amiga, menores que ella, con una bolsa de bocadillos y servilletitas de tela que les ha preparado su madre para merendar (¡la merienda es sagrada!) mientras ven la película. Su madre las acompaña hasta la puerta (y las va a recoger a la salida “porque pasan muchas cosas”), les da muchos besos, saca las entradas en la taquilla, quizá en el Cinema Taramona… En el Liceo… En el Coliseo… En el Bretón… El acomodador las acerca a los asientos numerados mientras pisan un suelo blandito, de moqueta roja, que huele a cine. Van con sus faldas de largo bajo las rodillas, largo de colegio de monjas, de babi de colegio de monjas, de uniforme de colegio de monjas, de monjas de los 60. Se acomodan en sus asientos, con gran contento e ilusión. Ir al cine es una excepción que ocurre de tarde en tarde. Ella está en un asiento junto a otro vacío a su izquierda, así que podrá apoyar su codo en el brazo de la butaca. No le gustaba compartir el reposabrazos, siempre prefería ocupar sólo su asiento, pero era una suerte que no hubiera nadie y ver la película a gusto. Al otro lado, comparte contacto con el brazo de su hermana.

La película se inicia tras los anuncios, el Norit, el Nodo, los pantanos… Un lujo, el cine. Alguna tos, algún caramelo desenvuelto… Y con el silencio absoluto que acompasa el zumbido de la cinta al pasar por el cinematógrafo, empiezan a iluminarse las pupilas, de colores, de sonidos, de ilusión, de veneración por aquello que aparece en la pantalla. La luz del acomodador acompaña a un señor que se acerca. Ella retira el brazo del reposabrazos y ocupa solo el espacio de su asiento, como suele hacer. El señor se sienta. El acomodador se va. Ella sigue disfrutando la película y mirando de reojo, de vez en cuando, a las pequeñas que tiene a su cargo.

No sabe el tiempo que pasó. De pronto, una mano le toca la falda. La niña buena se queda sin aliento. Se retira hacia la derecha. La mano se va. Respira en tensión por dentro. Sólo de los pulmones hacia adentro. Sólo a la parte de arriba llega el aire. Todo en tensión. Aparente calma. Se concentra en la película. Vuelve la mano. Toca la pierna. La buena niña queda sin respiración. Se retira más. Calma incierta. Sigue mirando la película en vilo. Mano en el muslo. Le suben los colores de humillación mientras se retira más. Vuelve la mano, que va subiendo la falda mientras sube sus súplicas al cielo la niña ejemplar. Quiere gritar, pero no puede. Quiere defenderse, pero no sabe. Crece la humillación y el latido injusto de su corazón, crece la vergüenza, crece el pavor. Crece la injusticia, crece el temor. Quiere desaparecer, que se la trague la tierra, se recoge en tensión hacia el lado derecho, hasta que ya no hay margen, hasta que se clava el reposabrazos en el costado, su hermana se enfada, ella no sabe cómo salir, no sabe. No sabe, no. Tras una tensión horrorosa, aquel tipejo se va. La película ya no es la misma. El cine ya no es el mismo. La vida de una niña ejemplar ha cambiado de golpe. Cada vez que iba al cine deseaba ir con su madre. Siempre quería que su hermana estuviera entre ellas, para protegerla de los impresentables, de los asquerosos, de los babosos, de los indeseables, de aquellos que, hasta entonces, ella no sabía que existían sobre la faz de la tierra.

Ya adolescente, iba una tarde de invierno de compras con su madre. Hacía frío salmantino, enfundadas en sus abrigos hasta las orejas. Un tipo con una gabardina masculló algo que no entendieron. Empezaron a andar más deprisa, él se metió tras la tapia de una obra y dejaron de oír sus pasos. Cuando iban a llegar al final de la tapia, el tipo les salió de pronto, abrió la gabardina y mostró su asquerosa premeditada desnudez.

Cuando tenía treinta años, oyó hablar a unos amigos de que cuando eran niños, un cura les había toqueteado. Un par de ellos habían ido al mismo colegio, y coincidían en que tenía costumbre de hacerles tocamientos mientras tomaba la lección. Otros dos amigos, que habían ido a diferentes centros religiosos, confirmaban el “sobeteo” de algunos curas. Ella se sorprendió de que a los chicos también les hubieran pasado cosas similares a lo que a ella le ocurrió, que ya había olvidado y que nunca había contado.

La vida es bella. El cine es bello. La infancia es bella. Los recuerdos infantiles son bellos. Los paseos de una adolescente con su madre son bellos. Disfrutar de una fiesta es bello. Que el cielo perdone, si puede, las manos nauseabundas que tocaron en los cines a niñas ejemplares, que aceleraron de pavor los corazones de niñas ejemplares mientras se proyectaban los dibujos animados de Disney, quizás 101 Dálmatas, quizá Bambi o Marisol… Que perdone el cielo, si puede, las manos de los curas que toquetearon a los niños mientras decían la lección. Que la justicia juzgue hechos que a mí no me corresponde juzgar, con términos legales que desconozco. Que el cielo, si puede, perdone, si puede el cielo perdonar, a hijos, nacidos de una madre y un padre, que se envían mensajes de caza de presas, que se juntan para ser más fuertes, que alardean en los medios de sus trofeos. Por estos hechos. Por faltar al respeto, por faltar al honor, por faltar a los modales más básicos, por difundir palabras deshonrosas contra las piezas a las que pretenden y planifican premeditadamente dar caza, por tratar a personas como nada.

Se inicia San Fermín y todas las fiestas veraniegas en el país del sol y de la luz. Que ningún astado embista a ninguna persona. Que ningún abyecto energúmeno con forma humana, en solitario o en grupo, embista a ninguna persona, menor o adulta, de ningún sexo. Por los siglos de los siglos.