Miércoles, 18 de julio de 2018

Amadeo I rey de España "el Caballero" (1870-1873)

Prim convenció al hijo del rey de Italia, Amadeo de Saboya duque de Aosta, para que viniese como rey a España, que jaleado por su familia aceptó. Y la fragata blindada Numancia lo recogió y lo trajo sano y salvo a Cartagena. Desembarcó Amadeo con el tiempo justo para ir a velar el cadáver de su valedor Juan Prim, al que dos días antes le habían pegado cuatro tiros. Se habló de un crimen de Estado y rencorosas personalidades de alta cuna estuvieron bajo sospecha, como Antonio María de Orleáns, duque de Montpensier y cuñado de la defenestrada reina Isabel II. Probablemente desconfiaron de él por su natural violento, que mató en un duelo a pistola al hermano del rey consorte, Francisco de Asís o, quizá, porque a pesar de haber financiado la sublevación que expulsó de España a su cuñada, las Cortes votaron como rey de España al candidato de Juan Prim, dejándolo a él en tercer lugar detrás de los republicanos. Nunca se pudo probar nada, pero el asesinato de Prim dejó un vacío como el de esas casas donde falta el padre. Si con peor pie era difícil entrar, pronto descubriría el de Saboya que en España las malaventuras son susceptibles de empeorar. Presintiendo soledades tras el duelo de unas exequias teñidas con revuelos de miradas para hacerle sentir ajeno, desaires cobardes de los nobles y la descortesía de los clérigos, dieron tierra a los restos de Prim y a su esperanza. Y ya en palacio, rodeado de una corte desatenta y con los despiadados rejones de los carlistas, de los republicanos, de los alfonsinos, del movimiento obrero y de los católicos, que el Papa Pío IX tenía excomulgado a su padre y no reconoció como rey de España al hijo, formó un Gobierno de coalición presidido por el general Serrano, que duró un suspiro. Cuando en el segundo año de reinado la guerra cubana se recrudeció y en la Península estalló la tercera guerra carlista, Amadeo entendió que en aquel laberinto andaba a trasmano, porque hiciera lo que hiciera cada paso era un gazapo. Y una tarde sombría de noviembre, que el helado palacio de Oriente se le volvió casa mortuoria y su alcoba altar de ánima, decidió irse antes de que aquel purgatorio parase en tragedia. Caballero hasta el final, esperó el momento propicio y encontró su oportunidad en una nadería que tuvo con el Congreso. La excusa fue una propuesta de disolución del Cuerpo de Artillería que el Gobierno presentó en las Cortes y que los señores diputados aprobaron. Él se negó a firmar la orden y el 11 de febrero de 1873 soltó la carga. “Estad seguros que al desprenderme de la Corona, no me desprendo del amor a esta España, tan noble como desgraciada…” –dijo. Y se marchó como vino, en el silencio de un duelo.