Miércoles, 18 de julio de 2018

Reflexiones de un asesino en serie

Yo toreaba de salón de chaval, nos hacíamos toros mi hermano y yo. Fui creciendo. Iba a la plaza de toros de La Glorieta con mi abuelo y mi padre. Mi mirada de niño se fijaba en el valor del hombre, en la bravura casi indomable del toro, que acababa casi siempre muriendo, entregando su vida después de haber luchado como un guerrero, no sin antes haber propiciado momentos emocionales inolvidables en muchas ocasiones, olvidables otras, pero sentidos, al fin y al cabo. Vi como los novillos, lustrosamente soberbios y bravos, enganchaban de mil maneras a los bisoños principiantes y soñadores de gloria taurina y les daban “pálpelo” en volteretas y cogidas de variado pelaje y condición. Vi a los chicos triunfar, dar la vuelta al ruedo y sonreír al futuro, vi también a novillos, en el último hálito de su vida, girar tras las mulillas entre admirables ovaciones del gentío, premio a su bravura y nobleza. Y, pasando el tiempo, en feria de postín, ese afán ensordecedor del público entregando con tanta devoción y entusiasmo su merecida  gloria al cornudo, me hizo llorar de emoción.

 Luego conocí a toreros y los vi entregarse en cuerpo y alma a un oficio y arte enclaustrante de monje, a una vida de austera economía en lo social, en  el divertimento natural de la persona. Vi todo eso y mucho más, en el campo, entre los vaqueros que crían y aman el toro bravo, cuidan con mimo y seleccionan a sus madres.

 Y así fui construyendo conclusiones en mi vida. Siendo un tipo gris y anodino, el toreo, su mundo externo, interno, su armazón, ceremonia y filosofía en definitiva, me fue dictando reglas que me han funcionado en la vida: nada se consigue sin esfuerzo, el toro bravo es un ser único, una ley infalible y atronadora, se crece ante el castigo, se cae, se levanta… la vida y la muerte para el torero son cosa de un abrir y cerrar de ojos, la disciplina y el orden equilibran lo que es naturalmente inestable. El toreo es comunicación, como el beso o el aroma de un gladiolo.

 El toro sangra porque la sangre lo impregna todo. Nuestra gasolina es la sangre. Nos movemos por la sangre. Yo era un niño, un chaval, un joven…y también la sangre me enseñó cosas. Los muslos partidos de los toreros o las bocas atravesadas por las astas. O el silbido culebrero de la espada entrando en el toro. Sangre derramada por una y otra parte, que yo siempre lo creí parte de la ceremonia. Y nunca vi crueldad, nunca me horrorizó, nunca sentí pena por el toro, siempre admiración profunda a su bestial espíritu de transgredir la derrota.

 Hoy, soy un tipo sesentón, emocionalmente equilibrado (con eventuales lloviznas, dentro de la normalidad) y visceral admirador de la tauromaquia por una razón: me enseñó valores, me ha hecho una persona generosa y respetuosa con las ideas de los demás y llegar a la conclusión de que ponerle pantalones a un perro es una solemne estupidez.