Miércoles, 18 de julio de 2018

Las venas abiertas de Europa

Cuando un emigrante se establezca con vosotros en vuestro país, no lo oprimiréis. Será para vosotros como el indígena: lo amarás como a ti mismo” (Lv 19,33-34)

 

“Venid benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo [...] porque era emigrante y me acogisteis” (Mt 25,34-35)

Nos preguntamos: ¿Dónde dormirán los refugiados e inmigrantes esta noche?. Todos se han puesto de acuerdo en Europa, pero es para reconocer que las resoluciones adoptados sobre los refugiados y la crisis migratoria queda muy lejos de las soluciones reales.  Europa es incapaz de generar un acuerdo común en un tema tan grave, donde miles de personas están afectadas, pero lo más indignante es la descarga de responsabilidad y la falta de solidaridad de nuestros dirigentes, más pendientes de la rentabilidad política y económica que de las personas..

Una de las medidas adoptadas es la creación de centros de migrantes “controlados” dentro de la Unión Europea, desde donde reubicar a los refugiados beneficiarios de asilo, todo de carácter voluntario que exime de responsabilidades ante la mayor crisis de refugiados de la historia. Se han comprometido también a prestar un mayor apoyo económico a países de frontera como Grecia o España en Europa, Marruecos, Libia, en el norte de África.,  aunque las cantidades no se han concretado, dejando sin concretar las ayudas establecidas. Parece que se quiere ampliar y europeizar el antiguo pacto con Turquía ahora con otros países, ya que lo que se pretende es reforzar todavía más las fronteras. Además, en muchos de estos países donde se quiere vaciar la bolsa de judas con las ayudas prometidas, no hay ninguna garantía de respeto de los derechos humanos. Buen ejemplo nos quiere dar Europa.

Lo más polémico del acuerdo es la creación de plataformas de desembarco fuera de la Unión Europea, con el objetivo de evitar las situaciones límites como pasó con el “Acuarius”,  con la colaboración de terceros países del Norte de África en cooperación con Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (Acnur) y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). En el acuerdo se quiere distinguir  de nuevo, entre refugiado y migrante económico. Una nueva fórmula insolidaria de “devoluciones en caliente”.

Siguen soplando vientos de xenofobia, aporofobia y racismo en la vieja Europa culta y democrática, donde el rechazo y el miedo parece ser la norma que guía a sus políticos, más centrados en los votos y estadísticas que en las personas. Ahí está no solo la ultraderecha, que rechaza la acogida de emigrantes y refugiados, manifestándose por las calles y vejando a los refugiados incluso en los centros de acogida, para ganar espacio político. También partidos de la derecha tradicional están desplegando un discurso que considera la inmigración y a los refugiados como un problema, al igual que grupos religiosos cristianos muy tradicionalistas, muy alejados de la doctrina social de la Iglesia, apoyados en diferentes medios muy politizados y proco cristianos como la COPE. Como comenta Monseñor Agrelo, para qué una radio de la Iglesia que tiene un discurso en contra del Evangelio de Jesús, ¿no sería mejor cerrarla? Nos preguntamos.

No hay que ser un experto en temas de inmigración y refugiados para saber la  inmigración ha sido vital para impulsar nuestras economías y sostener nuestro modelo económico, incluido el Estado de Bienestar. Nuestro país cercano al invierno demográfico, respiró antes de la crisis con la llegada de inmigrantes, creciendo la población y la natalidad después de años en retroceso, aportando una población joven con hijos, rejuveneciendo la pirámide de población. Además aumenta la población activa en trabajos que ya no queremos realizar, trabajo en el campo, cuidado de ancianos y niños, servicio en el hogar, creando condiciones para sostener las pensiones de cara al futuro. En poco tiempo la necesidad de inmigrantes irá creciendo en muchos países europeos por necesidad, a pesar de la fiebre xenófoba de la ultraderecha.

No se nos escapa, sobre todo a los españoles que en un momento de nuestra historia reciente, hemos puesto el acento y la esperanza en una Europa común,  proyecto de modernidad y democracia que la crisis de los refugiados está deteriorando, poniendo en evidencia no solo la insolidaridad de la Unión, sino la de muchos países miembros con graves consecuencias para sus ciudadanos. Una Europa que quiere defender y desarrollar un proceso posnacional, pero sigue anclada en una lógica estatal o nacional, poniendo de manifiesto la debilidad del proyecto europeo, no sabiendo concretan aquellos valores solidarios que dice defender. Una Europa que está poniendo por delante de las personas los intereses económicos y políticos deteriorando gravemente los derechos, la justicia y la solidaridad.

Muchos ciudadanos europeos, así como cristianos comprometidos, compartimos el sueño de un mundo sin fronteras, donde la paz sea la única bandera y la persona el único aroma de la Historia. Imaginando  y luchando por un mundo donde las fuerzas globales estén sorprendentemente renovadas por la justicia y la equidad. Lo humano debe ser el pilar de los parámetros políticos y económicos, desde la dignidad de la persona y su participación activa en el bien común. El fenómeno de la emigración y de los refugiados, forma parte de la historia de la salvación, que se debe concretar en la historia presente no solo en acciones de solidaridad, también en la lucha a favor de los derechos humanos y en la promoción de la paz y la justicia, para soñar y crear ese otro mundo posible

Es necesario que los poderes públicos de nuestra querida Europa, defiendan el cumplimiento de los derechos para todas personas y especialmente de las personas en situación de mayor vulnerabilidad y exclusión. Promover y defender los Derechos Humanos supone defender a la persona en su integridad, incluyendo todos los aspectos de la misma, lengua, cultura, tradiciones, recursos e iniciativas económicas, también la dimensión religiosa. Un Estado, si realmente desarrolla los derechos centrados en las personas, tiene la obligación de asistir a todos los que se desplazan por su territorio. Bien sea una serie de servicios mínimos de salud y humanitarios, como ayudarles a encontrar una solución duradera a su situación, más cuando se huye de la guerra y la violencia.

Nos recordaba Adorno, que vivimos en un mundo administrado, no podemos servir a dos señores, o los derechos o el mercado. En nuestro mundo globalizado parece urgente y necesario, promover también la globalización de los derechos humanos, independientemente de su lugar de nacimiento y su procedencia. Para ello, parece necesario elaborar un estatus global de la persona, donde refugiados e inmigrantes no solo dependan solo del reconocimiento de cada Estado, adaptando la Convención de Ginebra de 1951 a las nuevas necesidades del mundo actual. Superar hipocresías y cambalaches económicos y políticos, promoviendo el desarrollo integral de los países más pobres y empobrecidos. No es suficiente la denuncia, en la urdimbre de esta globalización desigual, son necesarias tres vías de actuación: La vía política, social y cultural. Estas tres direcciones se deben empezar por el fortalecimiento de la institución de ciudadanía, como la promoción de una vecindad habilitante y al fortalecimiento de la fraternidad.

De la dignidad humana parten todos los derechos del individuo, nunca deberá ser instrumentalizado al servicio de otros intereses. Un cristiano debe centrarse en lo esencial del Evangelio, Jesús y la misericordia, que lleva a reconocer la dignidad de cada ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios.  Guiado por el amor, como elemento esencial, no podemos separar el amor a Dios y el amor al prójimo. Nos recordaba el Concilio Vaticano II, que los cristianos somos llamados a ser germen de unidad, esperanza y salvación para toda la familia humana (LG, 9).

El propio Papa Francisco, sensible al problema de los refugiados y de la inmigración, nos llama a clamar contra la globalización de la indiferencia y la vergüenza que supone la existencia de este drama humano a las puertas de una Europa que se parapeta contra la entrada de inmigrantes. Apeló a la responsabilidad que tenemos todos para impulsar una sociedad más fraterna frente a los valores individualistas que no hacen más que deshumanizarnos y encerrarnos en el miedo. Francisco nos invita a vivir de una manera transformadora y liberadora, para ellos nos propone vivir en salida de nosotros mismos hacia los otros, poniendo en juego, creativamente, el poder que cada uno posee, en beneficio de los que más lo necesitan.

Es necesario actuar como colectivo para ir más allá de lo individual, ya que la transformación debe llegar también a las estructuras políticas, económicas y sociales que generan injusticias. La solidaridad es la actitud básica para hacer un mundo más justo y habitable en una sociedad globalizadora que esconde y olvida a tantos indefensos. La solidaridad no como simple asistencia a los más pobres, sino como un planteamiento global a todo el sistema injusto en el que estamos inmersos, buscando caminos para mejorar, reformar y defender los derechos más básicos del ser humano.