Miércoles, 18 de julio de 2018

Tenemos cura

Un grupo de 15 sacerdotes toma distancia de la rutina de sus trabajos diarios

Cuando en la Iglesia de Roma se elige un nuevo Papa, al anunciar ante el pueblo el nombre del elegido desde la logia central de la Basílica de San Pedro, una vez que todo el mundo ha podido contemplar la “fumata blanca”, el cardenal encargado de anunciarlo dice: “Tenemos Papa”, en latín “Habemus Papam”.

Me parece que es lícito en el caso del tema que hoy nos ocupa indicar que “Tenemos cura”. Se trata de poner de relieve el llamativo acontecimiento que ha tenido lugar recientemente en nuestra diócesis, de la ordenación de un nuevo sacerdote, cosa que no ocurría desde hace unos cuantos años, siendo así que tenemos necesidad y deseo de que haya quienes recorran todo el tramo curricular para llegar al servicio y disponibilidad sacerdotal.

Un nuevo sacerdote de 36 años, que ingresó en el seminario dejando su carrera y trajo civil y dedicándose durante siete cursos a llevar adelante sus estudios de sacerdote, con una larga preparación para llevar a cabo su ministerio con plena preparación y dignidad.

Ahora el señor obispo, su superior eclesiástico, tendrá que pensar a qué lugar o función va a dedicar a este nuevo sacerdote. Esperemos conocer pronto su destino, ya que él también estará deseoso sin duda de que esta incógnita se despeje pronto.

Tendremos que esperar todavía otros tres o cuatro años hasta que lleguen a ordenarse como sacerdotes los dos seminaristas que permanecen preparándose con plena dedicación.

Esta falta de reposición de nuevos sacerdotes en nuestra diócesis, mientras quedan inutilizados algunos de los que hasta ahora permanecían en activo, por motivos de enfermedad, vejez o imposibilidad de cualquier tipo, y van quedando nuevos huecos con ocasión de tantos sacerdotes frecuentemente fallecidos. El último, hace todavía poco más de siete días, el que fuera durante muchos años vicario general de nuestra diócesis D. Juan Manuel Sánchez Gómez.

Aprovecho para comentar también que, no sólo se ha de cuidar cómo llamar a nuevas personas para su entrega a la vida religiosa sacerdotal, sino que hay que seguir y atender con exquisito cuidado a los sacerdotes que aún se encuentran en activo, a veces con las máximas dificultades del escaso rendimiento de sus múltiples trabajos.

Precisamente en los días recientemente transcurridos, un grupo de 15 sacerdotes hemos tenido la oportunidad de tomar distancia de la rutina de nuestros trabajos diarios, para convivir entre nosotros, rezar conjuntamente y descubrir nuevas realidades de maravillosos parajes y de excelentes trabajos artísticos, realización del hombre y dignos de contemplación y de admiración y gozo como monumentos artísticos, de los que tanto abundamos en nuestra querida España.

Hemos tenido la oportunidad de visitar la hermosa catedral de Pamplona y recorrer la tradicional ciudad. También hemos visitado al sobresaliente patrón de Navarra y de las Misiones Católicas San Francisco Javier en su castillo y pueblo natal. También nos acercamos a la cuna del Reino de Aragón recorriendo las dos hermosísimas construcciones y reconstrucciones de San Juan de la Peña.

La convivencia se completó con una rápida visita a Sangüesa y Sos de Rey Católico. Y finalmente recogió nuestras aspiraciones e intereses el otro Santo español, amigo y compañero de Francisco Javier, San Ignacio de Loyola, en su lugar nativo de Azpeitia (Guipúzcoa).

Terminamos felices y renovados nuestros cinco días de asueto y convivencia. Hemos recordado la experiencia similar vivida el año pasado en Barcelona y manifestamos nuestro deseo, acompañado de posibles sugerencias, de volvernos a encontrar con el fin de aprovechar esta hermosa y fecunda experiencia el próximo año. Tenemos cura. Y reafirmamos la impostergable necesidad de ofrecer momentos de asueto a nuestros compañeros sacerdotes, siguiendo las instrucciones y programaciones de la correspondiente Delegación Diocesana para el Clero. Gracias, compañeros. Que Dios os lo pague.