Miércoles, 18 de julio de 2018

El oficio de escribir

Cuando en 1955 Gabriel García Márquez presentó a un editor argentino el original de “La hojarasca”, este “profeta” le dijo a Gabo: “Chaval, dedícate a otra cosa”, cometiendo un error del que estuvo arrepintiéndose hasta su muerte. Pero el caso de este cataquero no es el de los escribidores que peregrinan por editoriales y redacciones de periódicos pidiendo una oportunidad para sus cuartillas.

Ser escritor es  tarea ardua, dura, sacrificada y difícil, muy difícil, que solo alcanzan los privilegiados. Un escritor no se improvisa en horas veinticuatro porque demanda vasta erudición, incansables lecturas, talento creativo, dominio de la lengua, conocimientos gramaticales, instrucción ortográfica y, sobre todo, respeto a los lectores que van a dedicar su tiempo al libro, porque nada hay que valga más que el tiempo, ni despilfarro mayor que perderlo.

La creación literaria exige entrega, renuncia, sacrificio y trabajo. Requiere dejar las pestañas en páginas de otros libros, ocupar muchas horas investigando y desgastar las pupilas en la pantalla de un ordenador, buscando la perfección que García Márquez se exigía a sí mismo: “Repito el folio hasta que me sale impoluto. Sin ningún baile de caracteres y con la puntuación en su sitio. Un error de máquina o una tachadura es para mí un error de estilo que no me perdono”.