Miércoles, 18 de julio de 2018

Profunda reflexión

Raúl Berzosa, nacido en Aranda de Duero en 1957,  Obispo de Ciudad Rodrigo en estos últimos siete años, hombre afable y cercano, muy querido por los feligreses mirobrigenses, a los que le ha pillado por sorpresa que se haya retirado durante un tiempo a reflexionar, a meditar sobre su futuro, con el permiso de su santidad el Papa Francisco.

A todos les ha sorprendido este retiro, y se cree esté en un convento de leu Communio, que fue fundado por su hermana Sor Verónica, o puede que en un Monasterio Benedictino al sur de Francia.

Siempre dio la cara ante cualquier entrevista, aunque las preguntas fueran incómodas, dado que Fernández Conde se atreve a aventurar una tesis que también han apuntado otros sacerdotes y que tiene que ver con «su estrecha relación, ya desde su época en Asturias, con dos señoras –madre e hija– que tenían problemas serios y a las que ayudó mucho». Dos mujeres que cuidaron, durante años, a la madre del obispo, quien a cambio, se vio en la obligación de protegerlas y mantenerlas en su propia casa una vez que falleció su madre en 2012, lo que dio lugar a un sinfín de habladurías y comentarios insidiosos sobre su vida personal. Chismes sin ningún fundamento, que habrían terminado socavando su ánimo. «Una relación que quizá tampoco sentó bien en las alturas», añade Conde. Porque ya se sabe lo de la mujer del César, además de serlo, debe parecerlo. Y porque, además, ni a Garcés ni a Conde les encaja que Berzosa se sintiese «castigado» en la Diócesis más pequeña de España, exiliado allá en la raya con Portugal. Más al contrario, «siempre se mostraba muy a gusto y también los fieles lo estaban con él».

Con todo, las cábalas son inevitables, admite Javier Fernández Conde, quien mantuvo largas conversaciones con Berzosa durante sus seis años asturianos y que confiesa tenerle un gran aprecio a este pastor de ojos claros. «Un hombre muy agradable y muy normal que, en las distancias cortas, se hace querer» y que, además, es miembro del Pontificio Consejo para la Cultura, profesor de Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de Salamanca, integrante de la Comisión de Asuntos Jurídicos de la Conferencia Episcopal y vicepresidente de la Fundación Las Edades del Hombre, repasa el catedrático de Historia Medieval. El currículum de un intelectual impecable hasta la fecha.

Aunque, como afirma José Ramón Garcés, canónigo de la Catedral de Oviedo, «deben ser razones de mucho peso, porque una decisión tan grave y tan poco frecuente tiene que estar motivada por una causa lo suficientemente profunda e importante para que haya provocado que necesite un tiempo para reflexionar, hacer un paréntesis en su vida. Y, cuando alguien toma una decisión de ese calado» –subraya Garcés–, «merece el máximo respeto. Intentar entrar en esas razones personales es como entrar en un santuario, porque, además, bastante tendrá consigo mismo y con su conciencia».

Todo apunta a que no es una crisis de fe o vocacional, de hecho, su agenda pastoral estaba repleta, lo que hace que su determinación de dar un paso atrás en el gobierno de la Diócesis resulte aún más sorprendente.

¿Por qué se va?, se pregunta hoy todo el mundo en Ciudad Rodrigo, donde temen que Roma aproveche el vacío episcopal para suprimir la diminuta Diócesis mirobrigense, «No sé nada», acierta apenas a responder Carlos Osoro, hoy arzobispo de Madrid y que también compartió muchas horas con él.

 

Durante este retiro será sustituido por el jubilado monseñor Gil Hellín, arzobispo emérito de Burgos, que actuará como administrador apostólico, asumiendo las funciones que hasta ahora correspondían al Obispo.

Ahora nos toca esperar a que tome la decisión acertada y que pueda volver a su Diócesis en Ciudad Rodrigo, donde es muy querido por todos, pues en estos siete años se ha ganado el corazón de todos los mirobrigenses, por su bondad, su cercanía y cariño, un Obispo considerado el mejor Obispo, en esta la más pequeña diócesis con tan solo 37,000 habitantes, pero donde su labor es reconocida por todos, de ahí que lo estén esperando para recibirlo como se merece, con los brazos abiertos.

                                                                       Andrés Barés Calama