Martes, 19 de junio de 2018

Salamanca, 12 de octubre de 1936

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para llegar a ser estudiado, lo primero es ser leído, y a mí creo que no se me ha empezado a leer. Los que más me censuran apenas me leen.

(Unamuno)

Severiano Delgado, investigador y bibliotecario de la USAL, ha provocado cierta polémica en torno a una publicación suya sobre el famoso episodio del 12 de octubre del 36, con intervención de publicistas y académicos en varios medios nacionales y extranjeros.  (Referencia: “Arqueología de un mito”, accesible en la web de Academia.edu)

Hasta ahora se sabía que las versiones corrientes acerca de las intervenciones de Unamuno y Millán Astray en su épico encontronazo de esa fecha en el paraninfo de la Universidad (las de Salcedo, Thomas, Egido, etc.) tenían algo o mucho de retórica inventada. Al no ser discursos previstos ni, por tanto, redactados, ni ser reproducidos por la prensa debido a la censura, se trata de reconstrucciones basadas en fuentes indirectas, de relatos que ponen en la boca de ambos personajes discursos entrecomillados como si fueran la versión exacta de lo que dijeron. Un viejo recurso historiográfico ya usado por Tucídides y Jenofonte, nada censurable si lo que se dice respeta la veracidad básica de los hechos, pero siempre matizable a la vista de nuevas evidencias documentales.

La aportación de Delgado consiste en precisar, además del origen de esas versiones, (algo ya conocido: un artículo de Luis Portillo de 1941, Unamunos’s last lecture), los testimonios en que se basa este autor –profesor que fue de la USAL, pero que no asistió al acto– para elaborar un texto  más bien literario, así como sus derivaciones en la historiografía posterior, que dan lugar a la versión clásica y predominante del citado episodio. Contra lo que algunos críticos han señalado, en el trabajo que comentamos no se pone en duda en absoluto que hubo un duro rifirrafe dialéctico entre el rector y el fundador de la legión, ni el sentido ideológico general del mismo, ni las graves represalias y amenazas que sufrió Unamuno por ello. Y no tiene sentido decir que se trata de una versión alineada con el revisionismo neofranquista. Nos consta el compromiso del autor con la memoria histórica democrática, que le llevó a colaborar y presidir la Asociación “Salamanca Memoria y Justicia” durante años.

Parece que una obra tan poliédrica y contradictoria como la de Unamuno se presta a la reinterpretación permanente. Y en este caso, además, la polémica ha dado pie a la intervención extemporánea de una asociación de legionarios que trata de condicionar el rodaje de la película de Amenábar sobre Unamuno negando la veracidad de la discusión entre este y Millán, lo cual es algo absurdo, máxime si se quiere demostrar con el escrito de Delgado, que seguramente no han leído.

Así planteadas las cosas, el debate no tiene sentido y lo peor de esta tormenta en un vaso de agua es que dificulta considerar otros aspectos del contexto que sí podrían dar más luz a la figura de Unamuno y al ambiente histórico de Salamanca en esos años conflictivos. En mi opinión, serían al menos los siguientes:

Uno) La intervención improvisada de Unamuno fue una réplica a las soflamas de los primeros ponentes del acto, no a Millán Astray; hablamos de los profesores Maldonado y Ramos Loscertales, del dominico Beltrán de Heredia y de Pemán, presidente de la Comisión de Educación de la Junta Técnica franquista, representantes, junto con el ejército y la Falange, de las principales fuerzas que apoyaban al Movimiento Nacional: la Iglesia, los derechistas fascistizados y una universidad ya “desmochada” y al servicio del Nuevo Estado. El rector, evidentemente, no sintonizaba con ellos cuando hablaban de la “fiesta de la raza”, de la Hispanidad, de una visión de la historia de cartón piedra con los clásicos hitos de los Reyes Católicos, el Descubrimiento, el Concilio de Trento, el Imperio (que ahora querían reconstruir los falangistas y los africanistas), etc. Ni, menos aún, cuando agitaban el espantajo del “separatismo” para vituperar a vascos y catalanes, un estúpido y persistente discurso que aún hoy no nos hemos quitado de encima… Y fue esto lo que le puso en el disparadero.

Dos) A la vez, la reacción de Unamuno tiene como trasfondo la dolorida conciencia de la represión franquista, no muy distinta de la que, según él, efectuaban los “rojos”. Sabedor de los atropellos y asesinatos que los falangistas estaban haciendo, alcanzando incluso a personas de su entorno personal, Unamuno no podía pasar por alto su repugnancia e indignación. De ahí su posterior réplica airada a los gritos necrófilos Millán Astray.

Tres) A pesar de todo ello y del alto sentido simbólico, moral y político del suceso, lo que pasó el 12 de octubre no caracteriza definitivamente la actitud de Unamuno ante el llamado Movimiento Nacional, al que secundó de inmediato aceptando un puesto en el ayuntamiento, recuperando el puesto de rector, avalando el Manifiesto de su universidad en apoyo al Movimiento, etc. Tras los sucesos del 12 de octubre Unamuno no abandonó ese apoyo ni dejó de ver a Franco como “Salvador de la civilización cristiana y de la independencia de España”, ni aminoró su displicencia y condena de la república y de sus líderes, sobre todo de Azaña, al que consideraba, con notoria injusticia, principal causante de la situación. Así se ve en sus declaraciones posteriores a esa fecha, que coinciden en lo esencial con otras anteriores. Una actitud que se deriva, en mi opinión, de que él, como los demás miembros de su generación (salvo Antonio Machado), ya ancianos en los años treinta, no acabaron de entender ni de asimilar las nuevas circunstancias históricas propiciadas por un régimen como el republicano, que pretendía democratizar y modernizar la sociedad española.

Pero argumentar esto, como todo lo anterior, nos llevaría un poco más lejos. Y puede parecer contradictorio, pero así era Unamuno.