Viernes, 22 de junio de 2018

Prohibido quejarse

En el edificio donde habito hay un grupo de “guasá” que no es, precisamente, de guasa. Aunque yo me lo tome así. En él se da un reflejo de lo que viene siendo la vida. En él se pronuncian habitualmente los mismos. Y siempre con un tono parecido. Es como una eterna y tediosa reunión de propietarios en la que nadie escucha a nadie; una cascada de protestas, el muro de las lamentaciones de las redes sociales.

Pero es que fuera de este grupo silenciado en mi móvil -y al que sólo presto una atención como observador ajeno a una realidad que me atañe directamente- se repiten las quejas de la sociedad hasta la saciedad. Y es agotador.

Hace años, tomando una infusión con mi admirado “titiripeuta” Fidel Delgado, le escuché por vez primera hablar del término “basura emocional”. Me explicaba este sabio -con paciencia infinita- cómo todos los seres humanos necesitábamos deshacernos verbalmente de nuestras emociones negativas: miedos, iras, ascos y tristezas. Y de cómo había personas que disfrutaban olisqueando, removiendo y compartiendo sus mierdas una y otra vez sin acabar de deshacerse de ellas. Todos conocemos alguno de estos seres amargados, tristes, mezquinos y negativos que te absorben la energía y de los que huimos como la peste. Quejicas, quejosos, quejumbrosos y “quejigueros”.

Hace unos meses los medios se hacían eco del cartel con el que el Papa Francisco había decorado la puerta de su habitación en la casa de Santa Marta. En él se leía: “Prohibido quejarse”. Resultó ser una idea del psicólogo italiano Salvio Noé. El póster venía incluido en su libro de autoayuda. Uno de los más vendidos en Italia y que la editorial San Pablo ha publicado en España con el maravilloso subtítulo: “Haz algo para mejorar tu vida y la de los demás”. Me lo acabo de leer. Lo he hecho muy despacio. Sobre todo porque viene con “deberes” para los que quieran aprovechar el texto a modo de curso para crecer un poco por dentro. Y me ha ayudado. Me ha gustado.

Entre las conclusiones que he sacado, quizá la más valiosa, es que quejarse sólo sirve para empeorar la propia vida y la de los demás. Y no sólo de un modo emocional, espiritual, etéreo e invisible. No. Quejarse tiene consecuencias físicas, materiales, táctiles y visibles. Sí. Parece increíble, pero cuando uno va leyendo a Noé y lo va aplicando a su propia experiencia todo encaja un poco mejor y se van iluminando esas veces en las que nos presentamos como víctimas, como perseguidores o como salvadores, dependiendo del papel que en ese momento nos convenga jugar. Pero siempre con la queja en el centro. Una queja inútil y muy perjudicial. Una queja que todo lo envenena.

En el grupo silenciado de “guasá” los amargados de siempre insistían en ver todo negro, negativo, medio vacío. Di por terminada la fructífera lectura del libro. Hice una foto a su portada. La añadí al grupo de vecinos indignados y puse un texto al pie: “Está genial. Y en la feria del libro lo venden con descuento”. Pues eso, que de nada.