Viernes, 22 de junio de 2018

Leer, escribir… bailar

Hoy toca plancha. Ya he terminado cinco blusas (primero lo que necesita temperatura más suave) y voy por la séptima camisa. De algodón cien por cien. Vapor, plancha, vapor. Mientras plancho, escucho música. La oigo y la escucho. A veces, lo que suena por la radio; a veces lo que muy minuciosamente selecciono. Vapor, plancha, vapor. Coloco la camisa en la tabla, le paso la mano para alisarla, y la plancha acaricia la camisa que cubre la piel que acaricia mi mano.

Mientras tanto, organizo mi mente, recuerdo a personas, cumpleaños y momentos,  planifico el trabajo, resuelvo, disfruto de la música, escucho inglés o clásica, Cantos Gregorianos o boleros, salsa y rock, sevillanas o aguaceros… Quito los comentarios del fútbol. Pulso el dial. Fútbol contumaz. Vuelvo a pulsar el dial. Yo no sé qué pasa, que se me mete un gol en casa. De nuevo el dial. La plancha no deja de jadear.

A veces, incluso escribo ideas en el aire mientras plancho. También, mientras escribo, sacudo frases sobre la pantalla, rocío verbos con spray, plancho las palabras, las extiendo sobre el teclado, les paso la mano para que no tengan arrugas, acaricio el escrito que leerán posteriormente los ojos que acariciarán mis palabras. Huele a suavizante. Vapor, plancha, vapor. Recuerdo la lista de la compra, aliso otra camisa.

Atiendo una llamada. Todo el mundo te llama mientras planchas, el universo entero se confabula para llamar cuando planchas, el cosmos completo se acuerda de ti si estás planchando, (es el olor a suavizante, que esparce flores por el infinito y llega hasta los más recónditos lugares), vapor, plancha, vapor; si hace tiempo que no sabes de alguien sólo tienes que ponerte a planchar camisas y aparecerá su voz como un espectro al otro lado del teléfono… plancha, vapor, plancha, y se planchará hasta tu oreja con una llamada. Huele más a suavizante. (También un poco a oreja quemada).

Miro la hora. El tiempo no pasa cuando planchas. Lo cuentas en camisas. El tiempo deja de tener horas, minutos y segundos, y se cuenta en cuellos, en mangas, en puños y espaldas. Cojo la botella de agua para llenar la plancha. Vapor, plancha, vapor. Suena una música pegadiza, contagiosa, que alegra el cuerpo y el alma… Sin pensarlo, botella en mano (que se convierte en un improvisado micrófono), empiezo a danzar y a gesticular la letra del tema de Dua Lipa, los pies me hacen bailar, cambio el micro de mano, vuelta sobre mi eje, paso adelante y atrás, cadera y zas!… Sube el tono de la cantante y el silencio de mis gritos, gesticulo con afán, y mis pies vuelan, cuelgo la camisa de la percha y bailo con ella…

Leer, escribir, bailar. ¡No sé cuál de las tres me gusta más!