Viernes, 22 de junio de 2018

Salamanca de época

Cerraron el paso a los coches para decir acción y empezar a filmar, pero era la hora de llegar al trabajo y algunos conductores se desesperaron. Habían puesto un automóvil de época en la boca del puente romano, ese puente que ya tiene época para hacer de escenario, igual que la ciudad y su piedra, de una película así: todos vestidos de antaño. Caminaban hacia adelante y hacia atrás y mil veces, corten, y volvían a empezar, el reloj visitando el atrás con sus colores sepias para la película: marrón el pantalón del señor en bicicleta, marrón y blanco la falda de la chica, marrón casi negro ese coche de marras, contrastando, con el verde neón y neopreno de los deportistas, con el rojo bocina insoportable, trinando en su Audi con prisa, a las ocho de un lunes por la mañana.

Dos tiempos eran, superpuestos, la calma del reloj hacia atrás y el director demiurgo diciendo corten, de nuevo, vamos atrás, más hacia atrás, más de época con las botas puestas, más memoria, más historia, más aquellos viejos tiempos, y aquí, de este lado, el Audi y su bocina, el autobús repleto de curiosos, con sus ropas coloridas, grabando desde la pantalla de sus teléfonos móviles la filmación y haciendo que quedara la grabación de la filmación, y el tiempo superpuesto, en la memoria virtual de sus Apple, de sus Nokia, de sus Samsung.

Hacer una película de época tiene su aquel, sin duda alguna, y es bonito ver cómo las calles de todos los días se llenan de tiempo plegado. Así, de pronto el tiempo se dobla y te encuentras con una señora nacida a principios del siglo pasado luciendo más joven que tú, con su vestido muy vintage y su pelo enrulado. Un encuentro como ese es ocasión para pensar en lo que ha sido, en lo que es, en lo que será. Es ocasión de preguntarse cómo harán, los directores del futuro, una película sobre el año 2018 cuando seamos nosotros, ahora tan actuales, los de aquella época que inspira un asombro. Tiempo. Eso extraño que pasa cuando nada más pasa. Y multiplica sus voces en la ciudad histórica. Y palpita de musgo en cada grieta del puente romano.

Salamanca está trenzada con tiempo endurecido, tiempo dorado adherido a cada piedra de las que conoció Unamuno y más atrás Espronceda y más atrás Torres Villarroel y más atrás Cervantes. Y más atrás San Juan de la Cruz y Fray Luis de León y Teresa, la santa, y Fernando de Rojas. Y más atrás Nebrija, el sevillano, escribiendo la norma de la lengua que hablamos, y más atrás los que pusieron las rocas, una a una, de la Catedral Vieja, su gracia de imagen de cuento de hadas, su torre, su mezcla de gótico y románico. Y más atrás, mucho más antes, aquel visionario que, hablando en latín, diseñó el equilibrio de los arcos del puente para que se mantuviera en pie, sin argamasa ninguna, por un período de más de dos mil años. Ese puente por el que ahora pasa una chica vestida de época cuando el director de cine, Amenábar, le dice acción y el tiempo vuelve atrás en el siguiente plano.

Estaban también en la Plaza Mayor, los de la película Mientras dure la guerra, y no pude pasar. En ese momento se metió en mi camino la figura de una mujer que cruzaba la plaza en el año de 1936 y, tal vez, se preguntaba, qué será de nosotros. Me sentí mareada, un granito de sal en el agua revuelta, y pensé, en mitad del tumulto, cómo será el mundo dentro de ochenta y dos años. Me vi obligada entonces a respirar muy profundo. No vuelven para arriba los granos de arena que caen por el embudo del reloj de vivir. Cómo será una película que hable de hoy en el año 2100, qué otros ojos la verán y desde dónde.

Esta palabra es otro grano de tiempo, cae con suma gravedad. Y deja una huella de viento. Más temprano que tarde todos somos de época. Y entramos despacito en el sepia de las fotos antiguas, pidiendo que el reloj tenga piedad y que llueva sus granos lentamente mientras nos damos cuenta, mientras de verdad nos damos cuenta, mientras nos desperezamos.

A las ocho y media de la mañana del lunes abrieron de nuevo la calle, y los coches pasaron cual bólido hacia el futuro del día en la jornada laboral a la que el conductor del Audi estaba llegando tarde. Aquí, mientras tanto, al lado del automóvil viejo, una de las actrices mordía su manzana y el director gritaba volvemos a rodar. Nadie se dio cuenta de que, en ese momento, la manzana de la chica volvía a estar completa y antes era flor y antes era rama y antes era solo semillita pequeña que cae en tierra fértil. Nadie se dio cuenta de que, en ese momento, el puente romano tornaba a ser el mismo testigo de pasos que, como las palabras, se posan con suma gravedad porque nunca se repiten. Aunque esta actriz vestida de época ponga un dedo en el embudo de mi reloj de arena y, por un instante, detenga el río, detenga el siglo, detenga a ese coche de la bocina loca, regrese por donde vinieron las huellas y, con un gesto apenas, nos lleve a preguntarnos sobre lo que antes hubo y era, sobre lo que, tal vez, si amanece, será, o será.

Salamanca, 8 de junio de 2018