Martes, 19 de junio de 2018

2018 vs. 1931

Nadie ha pasado por alto que en la toma de posesión de Sánchez faltaran la Biblia y el crucifijo, ni que en la de los consellers catalanes, casi simultánea a la anterior, no se hicieran referencias al rey, ni al estatuto, ni a la constitución. No son cosas baladíes, pues todos los grandes cambios, aunque hubieran debido ser normales hace tiempo, pueden empezar por casi nada.

Pero tampoco son cosas nuevas: recuerdo que en 1991, cuando en compañía de otro tomé posesión como concejal en el ayuntamiento de Burgos, los dos nos olvidamos de citar al rey en la promesa, cosa que el alcalde, sr. Peña San Martín, mandó que constara en acta. Un periódico local, luego comprado por Méndez Pozo, sentenció al día siguiente: “el concejal Castro protagoniza el primer incidente de la nueva Corporación”.

Pero Peña tuvo luego un incidente mayor: fue el primer alcalde de España condenado por prevaricación en cuestiones de urbanismo. (El juicio de la Construcción le obligó a dimitir y metió en la cárcel a Méndez, hoy magnate de la construcción, la prensa, cámaras de comercio, etc. Por aquellas épocas, el genial Roto sacaba en una viñeta a dos tipos de mala catadura que se abrazaban y decían: “Él es el constructor y yo el alcalde; y viceversa”).

Algunos ya empiezan a la alzar la voz y a torcer el gesto por el cambio de gobierno, viendo en la alianza heterogénea que ha echado al PP del gobierno una reedición del pacto de San Sebastián que acabó con la monarquía en 1931. Muchos y muy distintos grupos sólo unidos por su común deseo de eliminar al otro.

Y si ahora la canción de “romper España” ocupa los top ten de la derecha PP/C’s, junto con el himno de Marta Sánchez (“Gran-des-pa-ña/a-dios-le-doy-las-gra-cias por-na-cer a-quí/y-no-pi-do-perdón…”), ¿cómo que no evocar la campaña anticatalana de los años 30, que ya hablaba de “separatismo” cuando solo se planteaba la autonomía? Sería cosa de tomar a cachondeo tanta pose y tanto rasgado de vestiduras si no fuera porque esta cuestión, junto con la laicidad republicana, fue la bandera que la derecha y la extrema derecha agitaron entonces para empujar a los militares a dar el golpe de 1936, del que derivó la Guerra civil.

No llegará ahora la sangre al río, pero mientras se siga agitando y besando la bandera bicolor y promoviendo el anticatalanismo no resolvemos el problema del encaje de Cataluña y dejamos que vaya empeorando. Como si cuanto peor, mejor. ¿Para qué, para quién?

En 1931, como ahora, había pendientes muchas reformas políticas. (Bien mirado, ¿cuándo no las hay?). Las constituciones del 31 y del 78, que son más parecidas de lo que se suele creer, dan pie a cambios legales y praxis políticas que permitirían abordarlas. Mucho se podría decir sobre esto, pero sólo me referiré a un punto.

Un artículo de la actual dice: “toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general” y algo casi igual defendía la del 31. ¿Cómo se ha desarrollado ese principio en uno y otro caso? El PP le ha dado la vuelta y ha privatizado el patrimonio de todos socializando las pérdidas de la banca o de las autopistas, bajando la presión fiscal a las empresas,  pasando a gestión privada todo lo posible de los servicios públicos de sanidad, educación, vivienda, etc. (en aquellos tiempos de Burgos, el alcalde Peña tenía privatizado hasta el cobro de impuestos municipales), sin olvidar la vía rápida de privatización: el saqueo de las arcas públicas mediante la malversación, el cohecho y la prevaricación, en una larga historia de la que apenas hemos visto el primer capítulo (Gürtel).

Como si fuera Robin Hood, pero al revés, su política laboral y los recortes sociales han permitido que los ricos lo sean más y los pobres también. (O sea, que “cuanto peor, mejor para todos, su beneficio político, para mi el suyo”, como dijo ese gran filósofo que acaba de abandonar la Moncloa, incapaz de decir dos frases seguidas sin leerlas).

En el 31, en cambio, respetando ese principio constitucional, se plantearon reformas que paliaran la grave situación social provocada por la crisis económica y el secular atraso de las capas populares. Algo que no gustó a algunos, ya sabemos con qué consecuencias. No vamos a entrar en eso; nos limitaremos a esperar ahora que el nuevo gobierno intente cumplir la constitución, y no solo en lo que respecta a Cataluña. Y aún hay una lección que sacar del modo en que respondió entonces el gobierno provisional de la República al “desafío catalán” de entonces.