Viernes, 22 de junio de 2018

Un héroe cuando nadie quiere serlo

De casualidad, me encuentro en Playa de San Juan ante una escultura en memoria de Ignacio Echeverría, el español muerto al enfrentarse en Londres a los yihadistas, ahora hace un año.

La modestia de ese recuerdo, en contraste con el homenaje del Reino Unido en el aniversario de su asesinato, me convence de que en este país somos alérgicos a los héroes, sobre todo si arriesgan su pellejo por salvar la vida de los demás. ¿Qué se le habría perdido a ése?, parecemos decir.

Por eso, no me extraña que el grupo municipal de Podemos en Alicante se abstuviera en su momento de erigir la escultura que estoy viendo en el Skate Park, arguyendo que “no está demostrado que Ignacio Echevarría llevara monopatín cuando fue asesinado”.

Un argumento tan mendaz y miserable resulta incomprensible en una ciudad que a pocos metros tiene una calle dedicada a Margarita Nelken, sucesiva militante socialista y comunista que en 1931 se opuso al voto de la mujer, que fue connivente con los fusilamientos de la guerra civil —el anarquista García Oliver la acusó en un libro de encabezar grupos violentos— y que por su radicalismo fue expulsada del PCE en 1942.

Semejante angelito no necesitó morir violentamente ni usar monopatín para gozar del tributo en forma de calle por quienes ni siquiera la conocieron. Claro que los mismos colegas ideológicos de quienes negaron en Alicante el homenaje escultórico a Ignacio Echevarría, fueron los que ofrendaron en Barcelona una calle a Pepe Rubianes —sí, el mismo que dijo estar harto de “la puta España”—, al precio de quitársela al almirante Cervera, otro triste héroe, del Siglo XIX esta vez, a quien los dirigentes municipales actuales han calificado de “facha”, para justificar así su ignorancia, su cobardía y su maldad.

Está visto que no es ésta una época de héroes y que para merecer un homenaje en los callejeros de hoy día es mejor no haber hecho nada en favor de la vida, la libertad y la convivencia de los demás, sino ser de un radicalismo excluyente y sectario y, eso sí, poner a salvo su propio pellejo antes que el de ningún otro.