Martes, 19 de junio de 2018

Amanecer y atardecer

 

 

 

No quiero que este comentario de hoy sea una clase de física de la luz pues no estaría permitido hacerlo desde esta tribuna pública. Hablar de las distintas longitudes de onda y de la refracción de la luz al atravesar la atmósfera con las partículas en suspensión en el aire sería una erudición innecesaria, sólo recurriré a ella cuando sea necesario.  Quiero hacer un comentario sobre las diferentes luces del amanecer y el atardecer desde el punto de vista de un observador que vive en la Ciudad de la Luz, desde la que escribe cada semana, observador al que la fotografía y la literatura le han llevado por la fantasía de la imagen y de la lírica. Voy a intentar transmitir las sensaciones que son percibidas y describir las emociones que provocan  en nosotros un amanecer y un atardecer. Las imágenes sirven los instantes.

 

 

Tanto el Amanecer como el Atardecer son momentos mágicos de luz, momentos de singular belleza y muy determinantes en los sentimientos de las personas.  El Sol nos brinda unos colores que, junto a las nubes y las figuras de la tierra, forman un conjunto único para nuestros ojos.

 

Son momentos diferentes del día, a veces, se nos hace casi imperceptible saber, viendo una imagen, si se trata del Alba o del Crepúsculo. Normalmente se dice que los colores del Amanecer son más suaves, con tonalidades tirando a los colores pastel, por el contrario, en el Atardecer los colores son más duros, con mayor contraste y tirando al rojizo, una teoría que muchas veces es sólo una  teoría.

Hablando ya en términos prácticos, el Amanecer implica madrugar, lo que no a todo el mundo le agrada. También implica una cierta imprecisión, ya que no estás visualizando directamente el Sol, y se nos hace más difícil saber por dónde va a salir, en el Atardecer eso no sucede te lo encuentras al caer la tarde y es el abrazo del día a la noche, más práctico para crear una imagen, hablando en términos fotográficos  o para vivir un sueño, si de literatura se trata.

 

En los momentos previos al amanecer, la luz es rojiza alrededor del punto por donde saldrá el sol y violeta profundo en el resto del cielo. Luego la luz se vuelve rosácea y, cuando el sol sale por fin, se vuelve dorada. Durante la puesta de sol, esta progresión se invierte. Las cámaras fotográficas muchas veces muestran estos efectos de un modo más intenso a como los ven las personas, aunque es difícil prever sus efectos precisos, en ellos influyen muchos factores climáticos y atmosféricos.

Cuando sale el sol la intensidad de la luz aumenta y la temperatura  de color sigue siendo cálida (rojos, naranjas, amarillos). El sol empieza a iluminar la tierra y se produce un menor contraste entre el cielo y esta. Como el sol está bajo en el horizonte las sombras son alargadas y misteriosas y crean un clima mágico en los primeros momentos del día. La luz es suave y difusa y los colores se ven bien saturados.

En el ocaso a medida que el Sol está más cerca del horizonte, la luz debe atravesar una porción de atmosfera cada ver mayor para llegar a nuestros ojos , la atmosfera terrestre es muy delgada comparada con el radio terrestre. Bien, pues el color del Sol va cambiando primero anaranjado, luego rojizo, esto se debe a que se van dispersando cada vez más las luces azul y violeta  y solo nos llega la luz más roja y amarillas de fuerza más penetrante.

Teniendo en cuenta que el elemento clave que determina el color predominante del cielo es la medida de las partículas dispersas, en algunas ocasiones, se desparraman las partículas de polvo y las gotitas de agua en un tamaño adecuado para vencer el componente rojo del Sol y el atardecer pierde intensidad.

Por otro lado el color de las nubes puede proporcionar al observador una indicación de su altura relativa en la atmósfera. La geometría determina que, cuando el Sol está justo por encima del horizonte, la luz que las nubes bajas reflejan habrán atravesado una gran parte de la atmósfera, y aparecerán por tanto más rojas que el color de las nubes altas.

Un Sol bajo codifica pues la altura de las nubes según su color; las más altas aparecerán blancas; las que están a media altura, amarillas y las más bajas, rojas.

Cuando el Sol está justo por encima del horizonte, las nubes más bajas se vuelven oscuras por la sombra proyectada por la Tierra.

Si de reflexiones se trata, el amanecer es renacer del día, la luz vuelve sobre la tierra y la naturaleza revive, el sol se desprende de la noche, inunda el campo y las ciudades y lo hace lentamente como una caricia para la ciudad al bañarla de luz suave en un instante en el que sol muestra su prodigio

 

Arde la luz con la escarcha ante las horas que giran,

en torno a la mañana, las horas del día, desplegado en sí mismo,

mientras sube la luz entre árboles al fuego del origen

y el sólo un instante en que el astro enseña su prodigio,

lejos y cerca, dentro de la sangre, diaria rosa tallada

sobre las piedras, de innumerables signos que renacen

en la que el río profundo de la vida descubre su belleza

 

 

El atardecer también representa un mundo de sueños, vivir en un atardecer perpetuo, ¿deseo?, vivir en la belleza, sentir que el día se acaba, con el abrazo de la noche  se va la luz y quizá queremos detener ese instante para toda la Eternidad… Quimera como el pretender que la luz de atardecer sea eterna, cuando su realidad es tan fugaz como el tiempo

 

Cada rayo de luz que traspasa el cristal,

hace visible

la invisible transparencia del día.

En la soledad el viento suave azota los árboles

y se desnuda de pájaros el horizonte.

La ciudad, tras el cristal del atardecer

es una pirámide de luz

sobre las avenidas.

La ciudad incendiada se hace abanico invisible

para mi deseo.

Intacta, bajo su tacto suave,

la ciudad, alzada sobre el asfalto,

se hace Eternidad de piedra, irreal hasta el sueño.

 

Finalmente quiero decir que atardecer, amanecer y noche son los elementos recurrentes en la historia de los amantes. Aunque este artículo de hoy sea largo quiero contaros una historia con la que termino esta reflexión:

 

 

En un abrazo interminable los amantes se hicieron uno y los ojos de la amada estaban hechos de silencio y soñaban con los verdes prados de su amado y en la oscuridad de la noche recordaban sus cuerpos descubriendo el placer del encuentro.  El nuevo amanecer  apareció de la dulce oscuridad e invitó a la noche a una cita para poseer y descubrir el placer de los amantes. Y la noche, discreta, del silencio y de las sombras se sintió orgullosa por la propuesta que le hizo el amanecer, la luna y las estrellas fueron cómplices de la noche en tan agradecida invitación. La luna contemplaba en silencio como la noche se iba y ella tenía que esperar a que, de nuevo y con nuevas esperanzas llegara el anochecer para asistir a la cita obligada de cada noche. 

 

El sol, entretanto esperaba la hermosura de la mañana con la tierra las aves y las aguas, las flores y las criaturas y la noche se abrazó con fuerza al amanecer, enamorados, en silencio, ese silencio de la vida en el que la tierra canta su hermosura y de la luz del amanecer y la oscuridad de la noche, nació el atardecer. Los ojos negros de la noche se encontraron con el cielo intenso  del amanecer y con palabras de amor contemplaron el nuevo atardecer