Martes, 19 de junio de 2018

¿Elogio de la traición?

“El método democrático, adoptado por las repúblicas exige la adaptación constante de la política a la voluntad del pueblo, a las fuerzas subterráneas o expresas de la sociedad” (Elogio de la traición).

Antes que nada, intentando ser serio, mi punto de vista es que, como en tantas otras ocasiones, en política hay condenas jurídicas y responsabilidades políticas; por eso, considero que Rajoy tenía que haber dimitido tras la sentencia Gürtel y que, al no hacerlo, hizo mal; y como además de hacerlo mal, se amarianó, llevó el error hasta el final... Ese bolso en su escaño será su legado; no te puedes ir al bar cuando vienen mal dadas, me da igual si es a preparar la estrategia o a inflarte a whisky: la falta de respeto a ciudadanía e instituciones es evidente, sin excusas que valgan.

Confieso, como punto de partida, que Pedro Sánchez tiene algo que no, a mí no me... que dirían Les Luthiers. Es algo personal, por eso lo pongo de inicio; desde luego, le reconozco habilidad política y perseverancia; de hecho, su jugada ha propiciado que estemos ante algo que no sabemos si será jaula de grillos o caja de Pandora... y que puede salir razonablemente bien por lo inédito. Si produce una sacudida, que probablemente España necesita, propiciará que se pongan muchas cosas sobre la mesa.

Tampoco creo que sea justo ni exacto hablar de traición o de concesiones inconfesables: que lo primero que haya hecho el PP es avisar que va a enmendar sus propios presupuestos es demostración de que los que compraron, con los presupuestos de todos, el voto del PNV, fueron ellos; si ahora se echan para atrás será más ignominia en sus alforjas políticas, no menos. O sea, que se vayan a dar lecciones a donde les parezca, pero solo por ese detalle de cinismo y desvergüenza (decían que no aprobar los presupuestos era poco menos que ir contra España), se merecen irse… Ya, ahí lo dejo.

Y ya que estoy, quiero detenerme en el concepto de traición: una palabra negativa que puede tener un sentido más bien positivo, si lo relacionamos con el  Elogio de la traición, libro de Denis Jeambar e Yves Roucaute.

De ese libro es la frase de la entradilla y algunas otras como: “El gran traidor, hombre de gobierno de nuestra época, antepone el realismo a los dogmas”; “El objetivo de la traición es mantener los cimientos de la sociedad”; “La autoridad no proviene del diktat sino de la intuición de las transformaciones en curso”.

Va una un poco más larga: “No traicionar es perecer: es desconocer el tiempo, los espasmos de la sociedad, las mutaciones de la historia. La traición, expresión superior del pragmatismo, se aloja en el centro mismo de nuestros modernos mecanismos republicanos. El método democrático, adoptado por las repúblicas, exige la adaptación constante de la política a la voluntad del pueblo, a las fuerzas subterráneas o expresas de la sociedad”.

O sea, que no, no es traición en el mal sentido; tampoco es infamia (“La infamia es propia de la autocracia, cuya naturaleza profunda es el inmovilismo”); es, simplemente, política parlamentaria: es una reacción ante un presidente de Gobierno que no debía seguir siéndolo y no quería dejar de serlo.

Lo que pase al minuto de la votación, que llevaron a cabo representantes elegidos por la ciudadanía, ya se verá. De momento, se ve que quien no tenía escrúpulos en pastelear con los presupuestos era el PP, porque si pueden cambiar los presupuestos cuya aprobación era fundamental para la estabilidad es que hicieron concesiones que podían no haber hecho: o sea, dieron dinero, al PNV, a cambio de su voto: ¿eso no es comprar? Como dije, solo por ese cinismo ya vale la pena que se hayan ido: ¡impresentables!

Dicho esto, retomo la cuestión personal; celebro que llegue a la primera línea alguien como Josep Borrell, aunque tengo una percepción, probablemente equivocada, de que tiene algo de rara avis; no veo carrillos, fragas, suárez, guerras, gonzález o peces-barbas por ningún lado: veo a Rufián, a Tardá, a Hernando; veo al señor Monedero con chulería de señorito tardofranquista; veo chalets y “sísepuedes” gritones pero huecos; veo mucho nacionalismo, ismo del que cada vez reniego más; veo ansias de venganza en forma de berrinche en el Senado; vi a un Rajoy cuya celebrada habilidad para procrastinar siempre me pareció algo de funcionario mediocre: nunca vi ese “no hacer nada” como aquel “laissez faire, laissez passer”, aunque lo pareciera; lo vi siempre como un funcionario que esperaba, detrás de la ventanilla, a que pasase el día. Que tanta paz lleve como descanso deja, señor M., se va usted convertido en un bolso… No sé si marrón, como el de Penélope… Y como el que nos deja.

También veo, eso sí, a muchos amigos y amigas contentos (¡Salud, Alegría!), y me alegro; veo y leo a otros amigos enfadados, algunos muy enfadados; intuyo que también hay unos cuantos más bien aturdidos. Yo mismo estoy así casi siempre que miro para aquella orilla… Y no cambia mucho la cosa cuando analizo la orilla de acá… Pero ese no es el tema de hoy.

Nos esperan momentos de incertidumbre; son demasiados los que querrán arrimar la pequeña ascua a la aún más pequeña sardina; si es así, se avecinan peores tiempos para la política.

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