Viernes, 22 de junio de 2018

La Procesión de ayer

 

Ayer, domingo de Corpus, participé en la procesión aquí, en Salamanca, como no podía ser menos en mi caso. Fue una experiencia entre reticente y profunda, quizás iba yo demasiado pendiente de cada cosa, pero la experiencia personal y cristiana ha sido del todo positiva aunque sean inevitables los pequeños reparos. Pero vamos por partes.

Buen ritmo en todo, en la Eucaristía y en la procesión, buena megafonía, quizás algo excesivo el volumen de los micros del coro; atentos y ordenados los servidores de altar, quizás ocho sean demasiados; calidad en los lectores, cosa que se agradece mucho tanto por la dignidad de la Palabra leída como por el saber estar y hacer de los que leyeron;  perfección del coro en sus canciones, aunque alguna vez, sobre todo los finales, con demasiada voz; don Carlos digno y seguro, en la homilía fue claro y bien preparado, con buen contenido, aunque quizás le faltó algo de cercanía y un poquito de pasión y alguna breve mirada a la calle; la asistencia de público, la esperada y con una actitud general de presencia activa y atenta; quizás demasiado pocos sacerdotes, veinticinco diocesanos y quince religiosos, para los cientos que hay en Salamanca, sin que sirva de disculpa el que buena parte hayan tenido ya por la mañana una o varias procesiones; habrá otras razones en la trama de hoy tan tupida de cosas.

La procesión siguió bien el ritmo con alguna prudente y breve parada; muy poca gente en las calles, aunque con respeto y en silencio; muchos comentamos lo mismo todos los años: sería mejor, a la vista del número de los que participamos, acortar el trayecto al llegar a la Clerecía para tomar allí mismo la Rúa. Saldríamos ganando todos. Alternancia eficaz y bien llevada entre canciones, banda de música y recitados, aunque en estos últimos, con textos muy bien elegidos, se comprueba que la gente de hoy ya no entiende bien la poesía, que apenas lee, tanto si es rimada como libre. Quizás era más eficaz una serie de textos más cortos, con palabras más llanas y con ideas más claras, sin el recurso fácil de hacer antologías de palabras ajenas.

Y quiero recordar, por dejar ya los detalles, que lo más importante de una procesión va, según se dice, por dentro. Y del adentro querría decir dos cosas, no más, además de agradecer expresamente el mucho y buen trabajo de cuantos han participado en la preparación.

Una es para mí grave, seria y de especial importancia. Puedo estar equivocado, pero me duele como cristiano y desde hace tiempo la tengo que comentar al final de cada procesión de Corpus. Me sorprende que, como sucede desde hace años, no aparezcan en la celebración de un día así, con misa y procesión, palabras como justicia, pan, sed, agua, hambre, trabajo, desigualdad, redistribución de bienes, mesa y hueco y asiento para los que hoy no los tienen, mundo, sociedad injusta, pobres de cerca y sobre todo pobres de lejos. Recuerdo que en tiempos de Don Mauro dio él su Visto Bueno a la idea de Operación Vivienda, Manos Unidas y Cáritas de suspender la procesión con un gran cartel “explicativo”: con tanta injusticia y tantos pobres, no puede haber procesión. Pero el Cabildo se opuso frontalmente y al final aquello no salió.

Lo digo para recordar esa más que estrecha relación entre Eucaristía y el amor y la justicia que tenemos encomendados y a nuestro cargo desde entonces. De hecho los textos, muy bien recitados, han sido demasiado intimistas y hacia adentro, aunque hay poemas con palabras claras y de hoy que plantean de forma expresa y directa esa relación entre el amor, el mundo y el Sacramento de la Eucaristía. Era una buena oportunidad para aclarar el sentido social y señalar el alcance real de lo que estábamos haciendo en la calle.

 Y la otra cosa que quería subrayar se refiere a la acción litúrgica en la Plaza de Anaya, para mí el mejor escenario de la ciudad. Podría ser oportuno y hasta necesario aprovechar ese espacio para hacer algo más y con más mensaje cristiano y más inteligible para la gente que se congrega; lejos por supuesto de los dos “añadidos” inoportunos y marginales en la puerta de San Sebastián y en el atrio mismo con la desconcertante imagen del paso, salvo mejor opinión, claro está.

No es éste el espacio para hacer propuestas pero serían muchas, variadas y fáciles de concretar y dentro, por supuesto, de la larga tradición cristiana que tenemos en ese campo. Eso sí, debería terminar allí la procesión y evitar ese final vergonzante, con poquísima gente y llevando de sobaquillo al Santísimo hasta el sagrario. Pobre final no merecido por nadie, ni por el Señor ni por los participantes.

Y para terminar, mi deseo de que la procesión me/nos siga efectivamente por dentro y la adoración y el asombro y el paso y la comunión y la alabanza y el mandato recibido… sean ahora pasos de compasión y de amor solidario, gestos y ansias de justicia y de paz cerca, lejos, lejísimo y también a media distancia. Amén.