Viernes, 22 de junio de 2018

¡Qué lejos de ser querida la España que más quiero!

 

Escribo esta columna, estrenando el ritmo quincenal que a partir de ahora va a tener, en la tarde que separa la elección de Pedro Sánchez como nuevo presidente del gobierno de España de su jura o promesa del cargo, será lo segundo, ante el Jefe del Estado, que es el Rey y ojalá así lo queramos los españoles por muchos años. Me asomo a los ventanales de la consulta donde escribo (es la imagen que comparto), y contemplo una villa fronteriza, y campo verdeado por una bien regada primavera, y ni un alma distingo por las calles que la vista me pone al alcance.

Esto que veo no importa a unos cuantos, suficientes, los colaboradores necesarios, de los que han sido decisivos para el ascenso de Sánchez. Imagino que a algunos diputados socialistas sí les importa, que por aquí tienen compañeros afanados en el día a día de los pueblos, en si hay médico, en si sobrevive la escuela, en si llega la autovía, nada que ver su compromiso loable con las retóricas, estrategias y puñaladas traperas de Ferraz, que tuvo su particular e inolvidable 1 de octubre (lo que cambia a las personas el poder… y más si gozan del título de barón o baronesa). El segundo bloque decisivo, casi tan numeroso como el anterior, y hace bien en recordárselo al presidente, es tremendamente urbanita. Incluso lo lidera alguien que piensa que vivir en el campo consiste en residir en un chalet de una urbanización de la sierra madrileña con tren de cercanías. Si ese es el concepto de “campo” que tiene, no podemos esperar, claro que no podemos, mayores afectos por estas gentes tan de campo verdadero, de campo del que él lo desconoce todo, de campo que recorre como quien se sube a un jeep para atravesar el Serengueti, porque aquí no merece la pena ni venir a disputar el voto de los pocos señores Cayos que van quedando.

Al menos esas dos formaciones políticas, la roja y la morada, presentan candidaturas en estas provincias tan menores de la España vacía, pero ¡ay los amarillos! y sus compañeros en la animadversión a la España unida. Sólo en cuatro provincias se mueven, sólo por cuatro trabajan, sólo ante cuatro responden, sólo de cuatro presumen, sólo con cuatro  les basta. Sí, es verdad, los amarillos ansían otras cuatro, y los que han dado la bandera de su partido a la propia comunidad autónoma hasta abrirse paso en la vecina y ahora amiga Francia, que el nacionalismo siempre ha sido ambicioso y expansivo. Lo peor es que esa ambición maltrata a los de lejos, a los más olvidados, a estas tierras que guardan silencio ante el cambio de inquilino en la Moncloa. Lo más triste es que incluso serán ellas, las tierras que deciden, las que volverán a hacerse las víctimas, y a esgrimir que el voto de un salmantino, o de un zamorano, o de un leonés, vale mucho más que el suyo. ¿Cómo se puede ser tan falaz? ¿Cómo puede sostenerse cuando el nuevo presidente de España ha sido aupado gracias a representantes de ocho provincias que a las otras cuarenta y dos las asumen como parte de un país diferente al suyo?  ¿Acaso este sistema de gobierno recoge el sentir de las personas que habitan las tierras de toda España?

No, no lo hace. Algo falla cuando los intereses de muy poca extensión del territorio imperan sobre los del resto y un presidente del gobierno se aúpa al cargo sobre esa indudable insolidaridad. Y si no lo cambian, que al menos dejen de llenarse la boca con la despoblación, el desarrollo rural, la corrección de las desigualdades y tantos discursos huecos, como el de un “ecologicismo” que lleva a las valientes familias de los pueblos a la ruina o el de la pretenciosa teledirección de la naturaleza desde un despacho en Madrid. Si quieren seguir fabulando desde Moncloa o desde La Navata, están en su derecho. Lástima que “necesiten” para satisfacerse el capricho esos pocos votos de los que no quieren ni un poco a la España que más quiero… ni a ninguna España.