Viernes, 22 de junio de 2018

Políticos de mercadillo, nadie sabe ya hasta cuando...

En estos días tan mediáticos en los que priman las malas noticias, en todos los ámbitos, da que pensar en si detrás de todo ello estamos asistiendo a un ataque a la sociedad de forma soterrada de ingeniería social, cada vez son menos los derechos que amparan a los ciudadanos, y a la vez se nos presenta una realidad virtual que nada tiene que ver con lo que ocurre de verdad.

El dinero hace a las personas ricas, el conocimiento hace personas sabias, pero sólo la humildad hace grandes personas. Lo malo es encontrar la respuesta cuando aparece un cansaliebres, o como decíamos en la universidad un delegado de clase pero de los que no se atreven a hablar a los profesores. Al final mal negocio para todos. Decía Socrates: “sin palabras para conversar en el ágora y pensar con los otros sobre lo bueno y lo justo no habría ya ciudadanos, sino bárbaros: seres dotados de voz, pero  sin juicio y sin logos". Hoy las voces apenas dejan oír las palabras; Sócrates está muerto y el pensamiento no goza de buena salud. Nadie sabe ya hasta cuando.

Mientras, el ciudadano normal, de a pie, calla. Pero cada día está más hasta la coronilla. Por cualquier esquina se oyen los más tradicionales improperios, ahora que podemos abrir las ventanas... Así día tras día el viandante puede observar y ver cerca de él mil y un altercados cotidianos cuyo nivel de violencia no es el de siempre. Asistimos todos los días a violentos cruces entre peatones y conductores en los semáforos, conducciones peligrosas, trifulcas por el aquí aparco yo, en las colas de la pescadería, en los consultorios médicos, etc. Situaciones de las que somos testigos, y que en el subconsciente pensamos en el “como siempre”, mientras vemos un telediario anodino o más bien tristón, repetitivo, empapelado de cada día más corrupción y de enfrentamientos partidistas. Todo ello da para pensar, y comparar a nuestros políticos, y a nuestro congreso con uno de tantos mercadillos de nuestra geografía.

Aunque todavía el calor parece que no aprieta, el hambre no perdona y los sueldos cada día dan para menos nos digan o prometan lo que se les ocurra. Los asaltos con violencia a la propiedad privada o pública cada día se ven más cotidianos,  como los asaltos a las carteras y a las personas indefensas en la vía pública sin importar la edad. Las muertes y los suicidios tampoco paran de aumentar, incluso de gente en edad de merecer y trabajar. Se ven pobres jóvenes de instagram, con ojeras de no dormir, pidiendo gente para que no desaparezca su cuenta, al lado de pobres que piden para comer. Habrá que tomarse las cosas con resilencia, como dicen ahora, con capacidad para asumir con flexibilidad las situaciones límite y sobreponerse a ellas. Otros lo llamaríamos estoicismo. Miremos donde miremos no se ve luz, ni siquiera un pequeño resquicio. España se rompe cada día un poco más. El concepto de patria que se ha tratado de denostar por todos los medios es lo que hace que un país reme en la misma dirección, y destaque sobre otros. Aquí se ha tolerado lo intolerable para contentar a unos pocos miserables.

Mucho se ha perdido en las mareas del tiempo, pero aun mucho es recordado. El tiempo avanza inexorablemente, reduciendo los puntos clave de la historia a cosas insignificantes. El tiempo es el enemigo mortal del hombre, ya que arruina sus logros y borra su memoria sin una segunda oportunidad. Quizá al final lo que más nos pone de mal humor es como manejan el tiempo algunos, para que al final los que tienen que pagar no paguen, y para que los demás olvidemos, lo que no teníamos que haber permitido. Mientras la historia se convierte en leyenda, la leyenda se convierte en mito, el mito se vuelve fábula, y las fábulas son olvidadas poco a poco. Como la historia de Luis Cándelas que ya nadie sabe de qué va, pero seguro que fue famoso por trincar todo lo que pudo, y aunque hizo mucho mal a inocentes, ya a nadie le importa.