Domingo, 27 de mayo de 2018

Israel y Palestina

El término “entropía” procede del griego y significa transformación. La entropía mide el grado de desorganización de un sistema. Al menos, así lo aseveran los físicos teóricos. Incluso afirman: el “desorden” aumenta en función del número de ordenaciones dadas. En otros términos: cuanto mayor sea el grado de organización alcanzado, la entropía será mayor. Mayor la hecatombe. Mayor el desastre.

Ejemplo. Si arrojamos al suelo un jarrón se romperá en mil pedazos. Si recogemos esos pedazos y los volvemos a lanzar al suelo jamás volverán a unirse. El sistema colapsó, la homogeneidad se esfumó, la ordenación se disgrego en el caos. Quedó definitivamente arruinada la labor del alfarero, de la cocción, del miniaturista que ilustró la porcelana.

También las grandes “organizaciones sociales” fenecen atacadas por la entropía. Unos imperios suceden a otros. Unos construyen y poco después, otros aprovechan los ladrillos de sus arruinados palacios para erigir los propios. Hasta hace unos cientos de años convivían en la Tierra un puñado de imperios. Hoy quedan sólo dos, uno en occidente, el otro en oriente. Parecería que la entropía en el nuestro aumenta peligrosamente. La civilización occidental judeo-cristiana pasa por horas bajas. Asimismo, acaece con determinados estados fronterizos, subsistemas vitales para la buena salud de nuestro imperio. Me refiero a Israel.

Hagamos algo de historia. Allá por el año 550 a.C. El persa Ciro el Grande deseaba que todos los pueblos que conformaban su extenso imperio le amasen. Ya se sabe, el Sumo Poder siempre desea ser reconocido o, al menos, temido. Pues bien, Ciro el Grande permitió a los exilados judíos de Babilonia regresar a Jerusalén y reconstruir su templo. Los judíos de Babilonia, los judíos que se lamentaban y consolaban tocando sus arpas a las orillas del río Éufrates volvieron a Judea.

Unos dos mil y pico años después los judíos, los pocos que quedaban en Europa, de nuevo volvieron a Judea. Quedaban pocos. La mayoría de ellos habían sido masacrados. Algunos de los supervivientes emigraron a EE. UU y el resto a Palestina, a Judea. En este caso, no fue Ciro el Grande el que les abrió las puertas de la “tierra prometida”, fue la ONU.

Al principio, en ese protectorado británico reinaba la concordia. Árabes y sabras no se importunaban. No obstante, desde 1948, el aluvión de inmigrantes judíos alteró el equilibrio del sistema. Se sucedieron las guerras: la de 1948, la de Suez, la de los Seis Días, la del Yom Kipur. Todas fueron ganadas por los israelitas. El primer ministro, Yitzchak Rabin, al igual que Tayllerand, entendía que con las bayonetas se pueden hacer muchas cosas, excepto sentarse sobre ellas. Rabin estrechó la mano de Hussein de Jordania. Ese gesto significaba: dos estados, retorno de los palestinos refugiados en los países vecinos, fin de los asentamientos. En 1995 Rabin fue asesinado por un fanático judío. Un punto de inflexión, un antes y un después. Al prometedor diálogo, sucedió la lógica inmisericorde del vencedor.

Hoy gobierna el Likud en Israel. Un partido de extrema derecha. Un partido del gusto de Trump, Orban, Albert Rivera y otros. Cien muertos, mil muertos palestinos. Hondas contra francotiradores. Altos muros separan la bonanza de la miseria. El militarismo y el hasidismo (integrismo religioso) han arrinconado al viejo humanismo judío. Atrás quedaron Spinoza, Rosenzweig, Karl Marx, Buber, Levinas, Husserl, Annah Arendt, Paul Celan, Walter Benjamin, Zweig, Einstein, Amos Oz, Wittgenstein…. Atrás quedó la razón y la compasión. La entropía deshace uno de los flecos más sensibles del imperio.

No todos los judíos se comportan así. Pienso como muchos israelíes, judíos en la diáspora, judíos que conservan la memoria de dos mil años de persecuciones: que no se puede hacer al otro lo que otros hicieron contigo. Un rebe, hace dos mil dieciocho años, decía algo parecido.